L A I M P O R T A N C I A D E L L A M A R S E E R N E S T O O S C A R W I L D E

 L A  I M P O R T A N C I A

D E  L L A M A R S E

E R N E S T O

O S C A R  W I L D E

Ediciones elaleph.com

Editado por

elaleph.com

ã 1999 – Copyright www.elaleph.com

Todos los Derechos Reservados

A I MPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

3

COMEDIA FRIVOLA PARA GENTE SERIA

EN TRES ACTOS

PERSONAJES

JUAN GRESFORD.

ARCHIBALDO MONCRIEFF.

EL REVERENDO CANÓNIGO ASCOT.

ANSELMO, mayordomo.

ESTEBAN, criado.

LADY BRACKNELL.

SUSANA.

CECILIA.

MISS PRISM, institutriz.

ACTO PRIMERO.- Un saloncito en casa de Archibaldo

Moncrieff, Half- Moon Street, Londres (W).

ACTO SEGUNDO- Jardín de la quinta de Juan

Gresford, Woolton.

ACTO TERCERO. - Saloncito en casa de Juan

Gresford.

ÉPOCA ACTUAL

O S C A R W I L D E

4

A C T O P R I M E R O

Un saloncito en casa de Archibaldo, amueblado lujosa

y artísticamente. Óyese un piano dentro. Esteban,

arreglando todo para el té en una mesita y,

después que cesa la música, Archibaldo.

ARCHIBALDO.- ¿Oíste lo que estaba tocando.

Esteban?

ESTEBAN.- No me pareció correcto escuchar, señorito.

ARCHIBALDO.- Lo siento por ti. No es que yo

tenga mucha ejecución, no - esto está al alcance de

todo el mundo-; pero, en cambio, toco con una expresión...

Sí, mi fuerte en el piano es el sentimiento.

La ciencia la guardo para la vida.

ESTEBAN.- Sí, señorito.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

5

ARCHIBALDO.- Y ya que hablamos de la ciencia

y de la vida, ¿te has acordado de preparar los sándwichs

de pepino para lady Bracknell?

ESTEBAN.- (Presentándole una fuente.) Sí, señorito.

ARCHIBALDO.- (Inspeccionándola, coge dos y se sienta

en el sofá.) ¡Ah!... A propósito, Esteban: he visto en

tu agenda que el jueves por la noche, cuando vinieron

a cenar lord Shoreman y míster Gresford, se

consumieron ocho botellas de champagne.

ESTEBAN.- Sí, señorito; ocho botellas y media.

ARCHIBALDO.- ¿Por qué será que en todas las

casas de solteros son tan aficionados al champagne los

criados? Lo pregunto solamente a título de curiosidad.

ESTEBAN.- Yo lo atribuyo a la buena calidad del

vino, señorito. He observado una porción de veces

que en casa de los hombres casados raramente es de

primera el champagne.

ARCHIBALDO. - ¡Caramba! ¿Tan desmoralizador

es el matrimonio?

ESTEBAN.- A mí me parece un estado muy agradable,

señorito. Claro que yo, hasta el presente, apenas

lo he experimentado. No he estado casado más

que una vez. Fue de resultas de una equivocación

que tuvimos una joven y yo...

O S C A R W I L D E

6

ARCHIBALDO.- (Displicentemente.) No creo que

me interese gran cosa tu vida doméstica, Esteban.

ESTEBAN.- Verdad, señorito. No tiene nada de

interesante. Yo nunca pienso en ella.

ARCHIBALDO.- Es natural. Bueno, Esteban;

puedes retirarte. (ESTEBAN saluda y sale.) Las ideas

de Esteban sobre el matrimonio me parecen un

tanto relajadas. Y, realmente, si las clases inferiores

no nos dan un buen ejemplo, ¿para qué demonios

sirven? Lo que es como clase, me parece que no

tiene el menor sentido de responsabilidad moral.

(Entra ESTEBAN.)

ESTEBAN. - ¡Míster Ernesto Gresford!

(Entra GRESFORD. Sale ESTEBAN.)

ARCHIBALDO.- ¿Cómo te va, querido Ernesto?

¿Qué te trae a Londres?

GRESFORD. - ¡Oh, nada; el divertirme un poco!

Lo que trae a todo el mundo. Siempre comiendo,

¿eh?

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

7

ARCHIBALDO.- (Con cierta sequedad.) Me parece

que es costumbre en la buena sociedad comer algo a

las cinco. ¿Dónde has estado desde el jueves?

GRESFORD.- (Sentándose en el sofá.) En el campo.

ARCHIBALDO.- ¿Y qué diablos haces allí?

GRESFORD. - (Quitándose los guantes.) Cuando uno

está en Londres, se divierte. Cuando está en el campo,

divierte a los demás. Una cosa bastante aburrida,

te lo aseguro.

ARCHIBALDO.- ¿Y qué gente es ésa a quien diviertes?

GRESFORD. - (Con un gesto de indiferencia.) ¡Oh,

vecinos, vecinos!

ARCHIBALDO.- ¿Y has encontrado vecinos agradables?

GRESFORD.- ¡Lamentable! No me trato con ninguno.

ARCHIBALDO.- ¡Pues sí que debes divertirles!

(Levantándose y cogiendo otro sandwich.) A propósito:

¿tu finca está en Shropshire, verdad?

GRESFORD.- ¿Cómo en Shropshire? ¡Ah, sí, sí!

¡Naturalmente! Pero, oye, ¿por qué todas esas tazas?

¿Y esos sandwichs de pepino? ¿A qué tanto derroche?

¡Qué barbaridad! ¿A quién esperas para el té?

O S C A R W I L D E

8

ARCHIBALDO.- Pues, simplemente, a mi tía Augusta

y a Susana.

GRESFORD. - ¡Hombre, magnífico!

ARCHIBALDO.- Sí, todo lo magnífico que quieras;

pero me temo que a tía Augusta no le agrade

demasiado tu presencia.

GRESFORD.- ¿Y por qué no le va agradar?

ARCHIBALDO. - Hijo, tu manera de hacer el

amor a Susana es calamitosa. Casi tan calamitosa

como la manera que tiene Susana de hacerte el amor

a ti.

GRESFORD. - Estoy enamorado de Susana. He

venido a Londres expresamente para declararme a

ella.

ARCHIBALDO.- ¿No me dijiste que habías venido

a divertirte? ¡Eso es venir a negocios!

GRESFORD. - ¡Cuidado que eres prosaico!

ARCHIBALDO. - No veo que el declararse tenga

nada romántico. El estar enamorado sí que es romántico;

extraordinariamente romántico. ¡Pero el

declararse! ¿No has pensado en que pueden decirle

a uno que sí? Y casi siempre se lo dicen. Y entonces,

¡adiós interés! La esencia misma del romanticismo

es la incertidumbre. Lo que es si alguna vez

me caso, haré todo lo posible por olvidarlo.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

9

GRESFORD.- No lo dudo. El divorcio se inventó

precisamente para las personas de memoria tan flaca.

ARCHIBALDO. - Bueno; ¿a qué discutirlo? Los

divorcios se hacen en el cielo... (GRESFORD alarga

la mano para coger un sándwich. ARCHIBALDO interviene

enseguida.) No, no; ten la bondad de no tocar

los sandwichs de pepino. Los han preparado especialmente

para la tía Augusta. (Coge uno y se lo come.)

GRESFORD. - ¡Pero tú bien te lo comes!

ARCHIDALDO.- ¡Ah, es muy distinto! Es mi tía.

(Ofreciéndole otra fuente.) Toma, aquí tienes pan con

mantequilla. El pan con mantequilla es para Susana.

Susana es aficionadísima al pan con mantequilla.

GRESFORD.- (Acercándose a la mesa y sirviéndose él

mismo.) Y le alabo el gusto.

ARCHIBALDO.- Sí, pero no vayas a comértelo

todo. ¿Sabes que parece como si ya estuvierais casados?

Y todavía no lo estáis; ni lo estaréis nunca,

probablemente.

GRESFORD.- ¿Por qué lo dices?

ARCHIBALDO. - ¡Caramba! En primer lugar, las

muchachas no se casan nunca con el hombre con

quien flirtean. No lo encuentran decoroso.

GRESFORD.- ¡Valiente tontería!

O S C A R W I L D E

10

ARCHIBALDO.- No hay tal. Es una verdad de a

folio. Esto explica la abundancia de solteros que se

ven en todas partes. En segundo lugar, yo no doy

mi consentimiento.

GRESFORD.- ¿Tu, consentimiento?

ARCHIBALDO. - Querido Ernesto, Susana es

prima hermana mía. Y antes de consentir en tu casamiento

con ella tienes que ponerme en claro la

cuestión de Cecilia. (Llama al timbre.)

GRESFORD. - ¿De Cecilia? ¿Qué quieres decir?

¿Qué significa eso de Cecilia, Archibaldo? No conozco

a nadie que se llame Cecilia.

(Entra ESTEBAN.)

ARCHIBALDO. - Trae la pitillera que míster

Gresford se dejó olvidada la otra noche en el fumoir.

ESTEBAN.- Enseguida, señorito. (Sale.)

GRESFORD.- ¿Eso quiere decir que has tenido mi

pitillera todo ese tiempo sin decirme una palabra?

Bien podías haberme avisado. Me habrías ahorrado

unas cuantas cartas furibundas a la Dirección de

Seguridad. Como que ya estaba a punto de ofrecer

una crecida gratificación.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

11

ARCHIBALDO.- ¡Hombre, haberlo dicho! Precisamente

me encuentro casi seco.

GRESFORD.- Sí; pero una vez encontrada, ya no

tiene objeto. (Entra ESTEBAN con la pitillera sobre

una bandeja. ARCHIBALDO se apodera de ella inmediatamente.

Sale ESTEBAN.)

ARCHIBALDO.- No te ocultaré, querido Ernesto,

que es una roñosería indigna de ti. (Abriendo la pitillera

y examinándola.) Por otra parte, lo mismo da,

pues ahora que veo la inscripción que hay aquí

dentro caigo en la cuenta de que este objeto no te

pertenece.

GRESFORD.- ¿Cómo que no me pertenece? (Dirigiéndose

hacia él.) Tú me lo has visto en las manos un

sinfín de veces, y no tienes el menor derecho a leer

lo que hay escrito dentro. Es indigno de un caballero

leer una pitillera privada.

ARCHIBALDO. - ¡Bah, bah! Lo absurdo es tener

una regla fija sobre lo que debe y no debe leerse.

Más de la mitad de la cultura moderna depende de

lo que no debería leerse.

GRESFORD.- Ya lo sé, y no entra en mis intenciones

discutir sobre la cultura moderna. No es un tema

para hablar en la intimidad. Lo único que necesito

es mi pitillera.

O S C A R W I L D E

12

ARCHIBALDO.- Sí; pero esta pitillera no es tuya.

Esta pitillera es de alguien que se llama Cecilia, y tú

me has dicho que no conoces a nadie de ese nombre.

GRESFORD. - Bueno; pues ya que te empeñas, te

diré que esa Cecilia es una tía mía.

ARCHIBALDO.- ¡Una tía tuya!

GRESFORD. - Sí... Y una señora encantadora...

Vive en Tunbridge Wells... Ahora, ten la bondad de

devolverme esa pitillera.

ARCHIBALDO.- (Batiéndose en retirada hasta parapetarse

detrás del sofá.) Pero, ¿por qué se llama a sí

misma la pequeña Cecilia, si es tía tuya y vive en

Tunbridge Wells? (Leyendo.) “Recuerdo de la pequeña

Cecilia, con todo su cariño.”

GRESFORD.- (Dirigiéndose hacia el sofá y arrodillándose

en él.) Bueno; ¿y qué encuentras en ello de

particular? ¿Es que todas las tías van a ser grandes?

También las hay pequeñas... Tú te figuras que todas

las tías tienen que ser como la tuya. ¡Es absurdo!

¡Anda, ten la bondad de devolverme la pitillera! (Persiguiendo

a ARCHIBALDO por la habitación.)

ARCHIBALDO.- Sí. Pero ¿por qué tu tía te llama

aquí tío suyo? “Recuerdo de la pequeña Cecilia, con

todo su cariño, a su querido tío Juan.” Comprendo

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

13

que no hay nada que impida a una tía ser pequeña;

pero que una tía, sea del tamaño que sea, llame tío a

su propio sobrino, es cosa para mí ininteligible.

Además, tú no te llamas Juan, sino Ernesto.

GRESFORD.- No, señor; yo no me llamo Ernesto;

me llamo Juan.

ARCHIBALDO.- Tú siempre me has dicho que te

llamabas Ernesto. Yo te he presentado a todo el

mundo como Ernesto. Tú respondes al nombre de

Ernesto. Es completamente absurdo que niegues

llamarte Ernesto. En tus tarjetas está. (Sacando una de

su cartera.) “ERNESTO GRESFORD, Albany, 4”.

La conservaré como prueba de que tu nombre es

Ernesto, si alguna vez tratas de negármelo, a mí, o a

Susana, o a quien sea. (Se guarda la tarjeta en el bolsillo.)

GRESFORD. - Bueno, sea; me llamo Ernesto en

Londres y Juan en el campo; y esa pitillera me la

regalaron en el campo. ¿Estás ya satisfecho?

ARCHIBALDO.- Sí; pero eso no explica lo más

mínimo que tu pequeña Cecilia, que vive en Tunbridge

Wells, te llame querido tío. Créeme: harías

mejor en desembucharlo todo de una vez.

GRESFORD. - ¡Querido, estás hablando como un

sacamuelas, cosa vulgarísima cuando no se es un

sacamuelas! Te aseguro que causa mala impresión.

O S C A R W I L D E

14

ARCHIBALDO. - Como la causan siempre los

sacamuelas. Pero, te lo repito: harías bien en confesarme

la verdad. Te advierto que hace ya tiempo

que abrigaba la sospecha de que eras un consumado

bunburysta en secreto; y ahora no me cabe la menor

duda.

GRESFORD. - ¿Un bunburysta? ¿Qué demonios

quieres decir con eso de bunburysta?

ARCHIBALDO.- Te revelaré el sentido de esa incomparable

expresión, en cuanto tengas la bondad

de explicarme por qué te llamas Ernesto en Londres

y Juan en el campo.

GRESFORD. - Bueno; pero dame antes la pitillera.

ARCHIBALDO. - Aquí la tienes. (Entregándosela.)

Ahora, venga la explicación, y procura que no sea

inverosímil. (Se sienta en el sofá.)

GRESFORD.- Hijo mío, mi explicación no tiene

nada de inverosímil. No puede ser más sencilla. El

difunto míster Thomas Morris me adoptó cuando

yo era un niño, y me nombró en su testamento tutor

de su nieta Cecilia. Ésta, que por motivos de

respeto que tú eres incapaz de comprender, me llama

tío vive en el campo, con su admirable institutriz

miss Prism.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

15

ARCHIBALDO.- ¿Sí?... ¿Y en qué sitio viven,

puede saberse?

GRESFORD.- Te advierto que no pienso incita a

que nos hagas una visita... Lo que sí puedo decir

con toda franqueza es que no viven por Shropshire

ARCHIBALDO. - ¡Lo sospechaba! En dos ocasiones

distintas he bunburyzado todo Shropshire... Per

continúa: ¿Por qué te llamas Ernesto en Londres y

Juan en el campo?

GRESFORD.- No sé si tú eres capaz de comprender

mis verdaderos motivos. No eres persona bastante

seria. Cuando se es tutor no hay más remedio

que adoptar una actitud moral severísima. Es un

deber imprescindible. Pero como una actitud moral

tan estricta no deja de ser un tanto nociva al humor

y la salud, con el fin de poder venir a Londres sin

dar lugar a hablillas, he inventado un hermano menor

llamado Ernesto, que vive aquí, y cuyas continuas

calaveradas me obligan a intervenir con

frecuencia. Ésta es la verdad, pura y simple.

ARCHIBALDO.- La verdad rara vez es pura y

nunca simple. Afortunadamente. La vida moderna

ser aburridísima, y la literatura moderna completamente

imposible.

GRESFORD. - ¡Eso iríamos ganando!

O S C A R W I L D E

16

ARCHIBALDO.- La crítica literaria no es tu fuerte

querido. No te dediques a ella. Hay que dejarlo a los

analfabetos. ¡Lo hacen tan bien en los periódico! Tú

lo que eres es un bunburysta. Tenía absoluta razón

al calificarte de bunburysta. Eres uno de los bunburystas

más aprovechados que conozco.

GRESFORD.- Pero ¿qué demonios quieres decir

con eso de bunburysta?

ARCHIBALDO.- Tú has inventado un hermano

menor utilísimo, llamado Ernesto, a fin de poder

venir a Londres cuando se te antoje, ¿verdad? Pues

yo, a fin de poder ausentarme de Londres, cuando

me venga la gana, he inventado un amigo llamado

Bunbury, que vive en el campo y está enfermísimo.

¡Ah! Bunbury es un hombre inapreciable. Si no fuese

por los continuos achaques de Bunbury, no me

sería posible, por ejemplo, cenar contigo esta noche,

pues hace más de una semana que le había prometido

a tía Augusta cenar hoy con ellos.

GRESFORD.- Sí, pero yo no te he invitado a cenar

esta noche, que yo sepa.

ARCHIBALDO.- Ya lo sé. A ti no se te ocurren

nunca esas delicadezas. Y haces mal. No hay nada

que moleste tanto a las gentes como el que no se las

invite.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

17

GRESFORD. - Harías mucho mejor en cenar con

tu tía Augusta.

ARCHIBALDO.- De ningún modo. En primer

lugar, ya cené con ella el lunes, y una vez por semana

es más que de sobra para cenar con los parientes.

En segundo, siempre que como allí, me tratan realmente

como de la familia, y me colocan en el peor

sitio de la mesa, sin ninguna señora al lado, o entre

dos, que es casi peor. En tercer lugar, ya sé quién

me tocarla de vecina esta noche. Seguramente, Mary

Farquhar, que se pasa la comida coqueteando con

su marido de un extremo a otro de la mesa. Cosa,

como supondrás, nada agradable. Y casi me atrevería

a decir que poco decente. Sin embargo, parece

que la plaga va en aumento. Es escandaloso el número

de señoras casadas que coquetean con su marido.

No está bien. Eso es como lavar en público la

ropa limpia... Además, ahora sé que eres un bunburysta

declarado, deseo hablar contigo de bunburysmo.

Quiero enseñarte las reglas.

GRESFORD.- Perdona; pero yo no tengo nada de

bunburysta. Si Susana me dice que sí, estoy resuelto

a matar a mi hermano. Y aunque me diga que no.

Cecilia empieza a interesarse demasiado por él. Y ya

empiezo a cansarme del tal Ernesto. Te aconsejo

O S C A R W I L D E

18

que hagas lo propio con ese.... con ese amigo achacoso

de nombre tan absurdo.

ARCHIBALDO.- Por nada del mundo romperá yo

con Bunbury; y tú mismo, algún día, si llegas a casarte,

cosa que me parece sumamente problemática,

te alegrarás de conocer a Bunbury. Un hombre que

se casa sin conocer a Bunbury está perdido.

GRESFORD. - ¡Majaderías! Si me caso con una

muchacha tan encantadora como Susana - y hasta

ahora es la única muchacha que he conocido con

quien me casaría-, te aseguro que no necesitaré lo

más mínimo conocer a Bunbury.

ARCHIBALDO. - Entonces lo necesitará tu mujer.

Parece que no comprendes que en la vida conyugal

tres es compañía, y dos no.

GRESFORD.- (Sentenciosamente.) Ésa es la teoría

corruptora que el moderno teatro francés ha venido

propalando en los últimos cincuenta años.

ARCHIBALDO.- Sí; y cuya verdad han demostrado

las buenas familias inglesas en la mitad de ese

tiempo.

GRESFORD. - ¡Por amor de Dios, no quieras ser

cínico! Es muy fácil.

ARCHIBALDO.- Hoy, hijo mío, no hay nada más

fácil. Para todo hay competencia, una competencia

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

19

estúpida. (Se oye sonar un timbre.) Ésa debe de ser tía

Augusta. Únicamente los parientes o las acreedores

llaman de ese modo wagneriano. Oye, si consigo

llevármela de aquí diez minutos, para que puedas

declararte a Susana, ¿me convidarás a cenar esta noche?

GRESFORD. - Hombre, si te empeñas...

ARCHIBALDO.- Sí; pero no vayas luego a faltar a

tu palabra. Mira que estas cosas de comida son muy

serias.

(Entra ESTEBAN.)

ESTEBAN, LADY BRACKNELL Y MISS

SUSANA

(ARCHIBALDO se adelanta al encuentro de ellas. Entran

LADY BRACKNELL Y SUSANA.)

LADY BRACKNELL. - Buenas tardes, Archibaldo,

espero que continuarás portándote bien.

ARCHIBALDO.- Sí, me siento perfectamente, tía

Augusta.

LADY BRACKNELL.- Que no es lo mismo. Claro

es que casi nunca van juntas ambas cosas. (AdvirO

S C A R W I L D E

20

tiendo la presencia de GRESFORD, le hace una inclinación

de cabeza glacial.)

ARCHIBALDO.- (A SUSANA.) ¡Estás elegantísima,

prima!

SUSANA.- Como siempre, ¿verdad, míster Gresford?

GRESFORD. - Verdad. Es usted perfecta.

SUSANA. - ¡Ay, no! No me quite usted las esperanzas.

Espero todavía progresar en muchos sentidos.

(SUSANA y GRESFORD van a sentarse juntos en

un rincón.)

LADY BRACKNELL. - Siento el retraso, Archibaldo;

pero no tuve más remedio que ir a casa de la

pobre lady Harbury. Desde que se murió su marido

no había ido por allí. En mi vida he visto una mujer

tan cambiada; parece veinte años más joven. Ahora

ten la bondad de darme una taza de té y uno de esos

deliciosos sándwichs de pepino que me prometiste.

ARCHIBALDO.- Enseguida, tía Augusta. (Se dirige

a la mesa del té.)

LADY BRACKNELL.- ¿Quieres venir a sentarte

aquí ,Susana?

SUSANA. - Gracias, mamá. Estoy aquí perfectamente.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

21

ARCHIBALDO.- (Alzando con ademán de espanto la

fuente vacía.) ¡Cielos!... ¡Esteban! ¿Dónde están los

sandwichs de pepino? ¿No te los encargué especialmente?

ESTEBAN. - (Con gran aplomo.) No he encontrado

pepinos en el mercado esta mañana, señorito. Y eso

que fui dos veces.

ARCHIBALDO.- ¿Qué no encontraste pepinos?

ESTEBAN.- No, señorito. Ni siquiera pagando

contado.

ARCHIBALDO. - Bien, bien, Esteban. Puedes

retirarte. (ESTEBAN saluda y sale.) Siento infinito,

tía Augusta, que no hubiera pepinos, ni siquiera pagando

al contado.

LADY BRACKNELL.- No importa. Tomé algunos

pastelillos en casa de lady Harbury, y me parece

no pensar ya más que en pasarlo lo mejor posible.

ARCHIBALDO.- Me han dicho que se le ha pues

el pelo completamente rubio de dolor. (Alargándole

una taza de té.)

LADY BRACKNELL. - Gracias; te he preparado

una sorpresa agradable para esta noche, Archibaldo.

Pienso colocarte junto a Mary Farquhar. Es mujer

preciosa, ¡y tan enamorada de su marido! Da gusto

observarlos.

O S C A R W I L D E

22

ARCHIBALDO. - Temo, tía Augusta, verme obliga

a renunciar al placer de cenar con ustedes es noche.

LADY BRACKNELL. - (Frunciendo el ceño.) Espero

que no, Archibaldo. Me estropearías la cena. Tu tío

tendría que irse a comer a sus habitaciones. Claro

que, afortunadamente, ya está acostumbrado.

ARCHIBALDO.- Lo siento infinito, tía; puede usted

estar segura; pero el caso es que acabo de recibir

un telegrama diciéndome que mi pobre amigo Bunbury

a vuelto a recaer y se encuentra gravísimo.

(Cambiando una mirada con GRESFORD.) No voy a

tener más remedio que ir. ¡Qué se le va hacer!

LADY BRACKNELL.- La verdad es que ese míster

Bunbury tiene una salud imposible.

ARCHIBALDO.- Sí; el pobre Bunbury es el rigor

de las desdichas.

LADY BRACKNELL. - Pero me parece que ya es

hora de que se decida a ponerse bueno o morirse de

una vez. Esa irresolución es absurda. Ni se debe

abusar tanto del prójimo. Te agradecería le suplicases

a míster Bunbury de mi parte que tenga la bondad

de no ponerse peor el sábado próximo, pues

cuento contigo para organizar mi concierto. Es mi

última recepción, y necesito algo que anime la conL

A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

23

versación, sobre todo ahora que estamos al final de

la temporada y ya la gente ha dicho todo lo que tenía

que decir, que en la mayor parte de los casos no

debía ser mucho.

ARCHIBALDO.- Se lo diré a Bunbury, tía Augusta,

si es que aún no ha perdido el conocimiento, y

creo poder ofrecerle a usted que no tendrá ninguna

recaída el sábado. Claro que eso de la música no

deja de presentar sus dificultades. Mire usted, si se

toca buena música, la gente no escucha, y si se toca

música mala, la gente no habla. Pero si quiere usted

acompañarme un momento a la habitación de al

lado, le enseñaré el programa que se me ha ocurrido,

y acabaremos de confeccionarlo.

LADY BRACKNELL. - Gracias, Archibaldo, gracias.

(Levantándose y siguiendo a ARCHIBALDO.)

Estoy segura de que, en cuanto lo expurguemos un

poco, quedará un programa delicioso. Desde luego,

nada de canciones francesas. La gente se figura

siempre que son inconvenientes, y se da por ofendida,

lo que es bastante vulgar, o no para de reírse,

que es todavía peor. En cambio, el alemán suena a

idioma respetable; y debe de serlo. Susana, ten la

bondad de seguirme.

SUSANA.- Enseguida, mamá.

O S C A R W I L D E

24

(LADY BRACKNELL y ARCHIBALDO pasan al

saloncito de música. SUSANA se queda rezagada.)

GRESFORD.- Qué día tan hermoso, ¿verdad?

SUSANA. - ¡No irá usted a hablarme del tiempo

míster Gresford! En cuanto una persona me habla

del tiempo que hace, estoy segura de que lleva otra

intención. Y me pongo nerviosísima.

GRESFORD.- Y yo llevo otra intención.

SUSANA.- Ya me lo figuraba. Yo nunca me equivoco.

GRESFORD.- Y pienso aprovechar la ausencia

temporal de lady Bracknell...

SUSANA.- Hará usted bien. Mamá tiene un modo

de volver a entrar súbitamente que más de una ve

he tenido que llamarle la atención.

GRESFORD. - Susana, desde que la vi a usted la

admiré más que a ninguna de las mujeres que he

conocido desde... que la conocí a usted.

SUSANA.- Sí, lo Sé. Y ojalá que hubiese estado

usted un poco más expresivo; en público, por lo

menos. Siempre tuvo usted para mí un atractivo

irresistible. Aun sin conocerle estaba usted lejos de

serme indiferente. (GRESFORD la mira estupefacto.)

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

25

Vivimos, como supongo sabrá usted, míster Gresford,

en un siglo de ideales. Al menos, así nos lo

repiten de continuo los poetas. Pues bien; mi idea

ha sido siempre querer a un hombre que se llamas

Ernesto. ¡Ernesto! No sé qué tiene este nombre,

que me fascina. Desde el momento en que Archibaldo

m dijo que tenía un amigo que se llamaba Ernesto

comprendí que estaba destinada a quererle a

usted.

GRESFORD.- ¿Pero realmente me quiere usted?

SUSANA. ¡Con pasión!

GRESFORD.- ¡Amor mío! No sabe usted lo feliz

que me hace.

SUSANA. - ¡Mi Ernesto!

GRESFORD.- Pero no querrá usted decir que si

mi nombre no fuese Ernesto no podrá usted quererme,

¿verdad?

SUSANA.- Pero usted se llama Ernesto.

GRESFORD.- Sí, lo sé. Pero, suponiendo que no

me llamase, ¿iría usted a dejarme de querer por eso?

SUSANA. - ¡Ah!, eso es ya una especulación metafísica

y, como la mayoría de las especulaciones metafísicas,

no tiene nada que ver con los hechos de la

vida real, tal como los conocemos.

O S C A R W I L D E

26

GRESFORD.- Pues a mí, querida Susana, a decir

verdad, confieso que me tiene sin cuidado llamarme

Ernesto... Es más: no creo que el nombre acaba de

sentarme.

SUSANA.- ¿Cómo que no? Le sienta a usted perfectamente.

Es un nombre divino. ¡Tiene una música!...

GRESFORD.- Pues yo encuentro que hay una

porción de nombres muchos más bonitos. Juan, por

ejemplo, es un nombre precioso.

SUSANA.- ¿Juan?... ¡Oh, no! No tiene la menor

música. He conocido varios Juanes, y todos, sin excepción,

eran vulgarísimos. No; el único nombre

posible es Ernesto. ¡Ernesto!

GRESFORD. - Susana, es preciso que vaya a bautizarme

inmediatamente..., quiero decir, es preciso

que nos casemos inmediatamente.

SUSANA. - ¿Casarnos, míster Gresford?

GRESFOR.D.- (Desconcertado.) ¡Pues naturalmente!...

Usted sabe que la quiero, y también usted me

ha dado a entender que no le soy completamente

indiferente...

SUSANA.- ¿Cómo indiferente? ¡Le adoro a usted!

Pero usted todavía no se me ha declarado, no me ha

dicho una palabra de casamiento.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

27

GRESFORD.- Bueno... ¿Le parece a usted entonces

que me declare ahora?

SUSANA. - Me parece una ocasión excelente. Y

para evitarle toda posible desilusión, míster Gresford,

me creo en el deber de confesarle francamente,

de antemano, que estoy resuelta a decirle que sí.

GRESFORD. - ¡Susana!

SUSANA.- Ahora puede usted empezar, míster

Gresford. (Un momento de silencio.) Vamos, ¿no tiene

usted nada que decirme?

GRESFORD.- Lo que tengo que decirle, usted lo

sabe.

SUSANA.- Sí; pero usted no lo dice.

GRESFORD. - (Arrodillándose.) Susana, ¿quiere usted

ser mi mujer?

SUSANA. - ¡Naturalmente que quiero, Ernesto!

¡Cuidado que ha tardado usted tiempo en decirlo!

Me parece que, en cuestión de declaraciones, debe

usted de tener muy poca experiencia.

GRESFORD.- Usted es la única mujer a quien he

querido en el mundo, Susana.

SUSANA. - Sí; pero los hombres se declaran muchas

veces para practicar. Yo sé que mi hermano

Gerardo lo hace. Todas mis amigas me lo han dicho...

¡Qué ojos azules tan maravillosos tiene usted,

O S C A R W I L D E

28

Ernesto! Son completamente, completamente azules.

Espero que siempre me mirará usted así, ¿eh?

Sobre todo cuando haya gente delante.

(Entra LADY BRACKNELL.)

LADY BRACKNELL.- ¡Míster Gresford! ¡Levántese

usted, caballero, de esa postura que me atreveré

a calificar de indecorosa!

SUSANA. - ¡Mamá! (GRESFORD trata de levantarse;

ella se lo impide.) Te agradeceré que te retires. Éste

no es tu sitio. Además, míster Gresford no ha terminado.

LADY BRACKNELL.- ¿Terminado el qué?

SUSANA.- Mamá, míster Gresford y yo tenemos

relaciones. (Ambos se levantan.)

LADY BRACKNELL.- Perdón; tú no tienes relaciones

con nadie. Cuando llegue el caso yo, o tu padre,

si su salud se lo permite, nos encargaremos de

comunicártelo. Ésas son cosas que no se pueden

dejar al capricho de las muchachas. El noviazgo debe

ser siempre una especie de sorpresa, agradable o

desagradable, según las circunstancias... Ahora tengo

que hacer unas cuantas preguntas a míster GresL

A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

29

ford; de modo que ve a esperarme abajo, en el coche.

SUSANA. - (En tono de reproche.) ¡Mamá!

LADY BRACKNELL.- ¡Al coche he dicho!

(SUSANA se dirige hacia la puerta. GRESFORD y ella

se tiran besos con la punta de los dedos a espaldas de LADY

BRACKNELL. Esta mira vagamente en torno suyo, como

si no pudiera darse cuenta de qué ruido es aquél. Al fin se

vuelve hacia ellos.) ¡Al coche, Susana!

SÚSANA.- Sí, mamá, sí. (Sale volviendo la cabeza para

mirar a GRESFORD.)

LADY BRACKNELL. - (Sentándose.) Puede usted

sentarse, míster Gresford. (Saca del bolsillo un cuadernito

y un lápiz.)

GRESFORD. - Gracias, lady Bracknell; prefiero

estar de pie.

LADY BRACKNELL. - (Cuadernito y lápiz en mano.)

Debo decirle que no figura usted en mi lista de pretendientes

elegibles, y eso que tengo la misma lista

que la duquesa de Bolton. Como que puede decirse

que trabajamos juntas. Sin embargo, no tengo inconveniente

en apuntarle a usted, si sus respuestas

son las que una madre que se preocupa de la felicidad

de su hija tiene derecho a exigir. Vamos a ver:

¿fuma usted?

O S C A R W I L D E

30

GRESFORD.- Sí, debo confesar que fumo.

LADY BRACKNELL.- Lo celebro. Todos los

hombre deben tener alguna ocupación, sea cual sea.

Hay demasiada gente ociosa en Londres. ¿Qué edad

tiene usted?

GRESFORD. - Veintinueve años.

LADY BRACKNELL.- Una edad excelente para

contraer matrimonio. Yo siempre he sido, de opinión

de que un hombre que piensa en casarse debería

conocerlo todo, o nada. ¿En qué caso está usted?

GRESFORD.- (Después de un momento de vacilación.)

Yo..., no conozco nada, lady Bracknell.

LADY BRACKNELL.- Lo celebro también. ¡No

hay nada como la ignorancia natural! Esas teorías

modernas sobre la educación son de lo más pernicioso.

Claro que la educación no hace muchos estragos

que digamos, en Inglaterra. Felizmente para

la clases altas. Bueno, ¿qué renta tiene usted?

GRESFORD.- De siete a ocho mil libras al año.

LADY BRACKNELL.- (Tomando nota en su cuadernito.)

¿En tierras o en títulos?

GRESFORD.- Tengo una casa de campo, con una

tierras anexas a ella; unas novecientas fanegas, creo

pero mi verdadera renta no depende para nada de

ellas.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

31

LADY BRACKNELL.- ¿Una casa de campo?

¿Cuántas alcobas? Bueno; ya pondremos en claro

este punto más adelante. Me figuro que también

tendrá usted alguna casa propia en Londres, ¿verdad?

Y puede usted suponer que una muchacha

modesta de gustos sencillos, como Susana, no va a

vivir en el campo.

GRESFORD.- Sí; también tengo una casa en plaza

de Belgrave; pero la tengo alquilada a lady Bloxham.

Claro que puedo disponer de ella, avisándola con

seis meses de anticipación.

LADY BRACKNELL.- ¿Lady Bloxham? No la

conozco.

GRESFORD. - ¡Oh!, sale muy poco. Es una señora

muy entrada en años.

LADY BRACKNELL.- ¡Ah! Hoy día eso no es

una garantía de respetabilidad. ¿Qué número de la

plaza de Belgrave?

GRESFORD.- El 149.

LADY BRACKNELL.- (Con un movimiento de cabeza.)

La acera que no está de moda. Me figuré que

era algo. Sin embargo, esto podría remediarse fácilmente.

GRESFORD.- ¿El qué? ¿La moda o la acera?

O S C A R W I L D E

32

LADY BRACKNELL.- (Secamente.) Ambas, si es

preciso. ¿Qué es usted en la política?

GRESFORD.- La verdad, no lo sé a punto fijo.

Pero supongamos que liberal- demócrata.

LADY BRACKNELL. - Bueno; pondremos conservador.

Al fin y al cabo, viene a ser lo mismo. Pasemos

ahora a detalles de menos importancia. Los

padres de usted, ¿viven?

GRESFORD.- He perdido a ambos, lady

Bracknell.

LADY BRACKNELL. - Perder a uno de ellos,

míster Gresford, puede pasar por una desgracia,

pero perder a los dos, parece realmente una falta de

cariño. ¿Qué era su padre de usted? Evidentemente,

un hombre de cierta posición. Pero, ¿habría nacido

en lo que los periódicos radicales llaman la púrpura

del comercio, o provenía de la aristocracia?

GRESFORD.- La verdad es que no lo sé. Dije que

había perdido a mis padres y, realmente, más exacto

hubiera sido decir que mis padres me perdieron a

mí... A estas fechas, no sé quién soy todavía... En

una palabra: fui... sí, fui encontrado...

LADY BRACKNELL.- ¿Encontrado?

GRESFORD.- El difunto míster Thomas Morris,

que era muy caritativo y de corazón bondadosísimo,

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

33

me encontró y me dio el nombre de Gresford, simplemente

porque en aquel momento tenía en el bolsillo

un billete de primera clase para Gresford.

LADY BRACKNELL.- ¿Y dónde ese señor tan

caritativo, que llevaba en el bolsillo un billete de primera

clase para Gresford, le encontró a usted?

GRIESFORD.- (Gravemente.) ¡En una maleta!

LADY BRACKNELL.- ¿En una maleta?

GRESFORD.- (Con la misma seriedad.) Sí, lady

Bracknell. En una maleta de cuero negro, bastante

grande, con asas... En fin, una maleta corriente.

LADY BRACKNELL.- ¿Y en qué sitio se encontró

míster Morris esa maleta corriente?

GRESFORD.- En el guardarropa de la estación

Victoria. Se la dieron equivocadamente por la suya.

LADY BRACKNELL.- ¿En el guardarropa de la

estación Victoria?

GRESFORD.- Sí, línea de Brighton.

LADY BRACKNELL.- La línea es lo de menos,

míster Gresford. Le confieso que eso que me dice

usted me desconcierta bastante. Nacer, o por lo

menos, ser criado en una maleta con asas o sin ellas,

me parece demostrar un tal desprecio de todas las

conveniencias de la vida de familia, que hace pensar

en los peores excesos de la Revolución francesa. En

O S C A R W I L D E

34

cuanto al sitio en que fue encontrada la maleta, es

muy posible que el guardarropa de una estación ferroviaria

sirva para ocultar una.... indiscreción social

y, probablemente, ya antes de ahora ha servido; pero

en modo alguno podría considerarse como una

base estable para vivir en la buena sociedad.

GRESFORD. - Entonces, ¿qué me aconseja usted?

No necesito decirle que estoy dispuesto a todo con

tal de hacer la felicidad de Susana.

LADY BRACKNELL.- Pues le aconsejo, míster

Gresford, que trate de adquirir lo antes posible algunos

parientes presentables, y que haga un último

esfuerzo para descubrir a su padre o a su madre -

con uno basta- antes de que termine la estación.

GRESFORD.- Pues no sé cómo me las voy a arreglar.

Yo. lo que puedo presentar en todo momento

es la maleta. Encima de un ropero la tengo. Y me

parece que podría usted muy bien darse por satisfecha,

lady Bracknell.

LADY BRACKNELL.- ¿Darme por satisfecha?

¿Qué está usted diciendo? ¡Supongo que no tendrá

usted la pretensión de que vayamos a consentir en

que nuestra hija única, educada con el mayor esmero,

contraiga matrimonio con un equipaje! ¡Usted lo

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

35

pase bien, míster Gresford! (Sale con una majestuosa

indignación.)

GRESFORD.- ¡A los pies de usted!

(ARCHIBALDO, desde la habitación contigua, empieza a

tocar la marcha nupcial.) ¡Por amor de Dios, ten la

bondad de no tocar ese aire fúnebre! ¡Cuidado que

eres estúpido! (Cesa la música y aparece

ARCHIBALDO, muy regocijado.)

ARCHIBALDO.- Qué, ¿no salió todo a gusto tuyo,

eh? ¿Te dijo que no Susana? ¡Me lo figuraba!

GRESFORD.- ¡Oh, con Susana va como una seda!

Su madre es la que es absolutamente insoportable.

En mi vida he encontrado una gorgona semejante.

No estoy seguro de cómo son las gorgonas; pero no

me cabe duda de que lady Bracknell es una. Por lo

menos es un monstruo, sin ser un mito; lo que no

está nada bien... ¡Dispensa, chico, no recordaba que

era tu tía!...

ARCHIBALDO.- No, no. Si a mí me encanta oír

hablar mal de mis parientes. Es lo único que me

ayuda a soportarlos. Los parientes son un hatajo de

gente absurda, que no tiene la más remota idea de

cómo se debe vivir, ni el más leve instinto de cuándo

deben morirse.

GRESFORD.- ¡Eso es una tontería!

O S C A R W I L D E

36

ARCHIBALDO.- ¡No lo es!

GRESFORD. - Bueno; no vale la pena de discutirlo.

(Pausa corta.) Oye, Archibaldo, ¿crees que dentro

de unos años.... pongamos ciento cincuenta....

Susana se volverá como su madre?

ARCHIBALDO.- Todas las mujeres llegan a parecerse

a sus madres. Esa es su tragedia.

GRESFORD.- Eso debe de ser muy agudo, ¿verdad?

ARCHIBALDO.- ¡Pues sí que lo es! Una frase muy

bonita, y una observación muy inteligente.

GRESFORD.- Estoy harto de inteligencia. Hoy

todo el mundo es inteligente. No puedes ir a ninguna

parte sin encontrarte con personas inteligentes.

La cosa ha llegado a convertirse en una verdadera

calamidad pública. ¡Ojalá tuviésemos aún algunos

tontos!

ARCHIBALDO.- ¡Y los tenemos!

GRESFORD.- Me gustaría conocerlos. ¿De qué

hablan? ARCHIBALDO. - ¿Pues de qué van a

hablar? De las personas inteligentes.

GRESFORD.- ¡Tontos de remate!

ARCHIBALDO.- Oye, entre paréntesis, ¿le has dicho

a Susana la verdad, que te llamas Ernesto en

Londres y Juan en el campo?

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

37

GRESPORD.- (Con aire protector.) Hijo mío, la verdad

no es cosa para dicha a una muchacha bonita,

dulce, bien educada. ¡No tienes la menor idea de

cómo hay que tratar a las mujeres!

ARCHIBALDO. - ¡Bah!, la única manera de tratar

a una mujer es hacerle el amor, si es bonita; o hacérselo

a otra mujer, si es fea.

GRESFORD. - ¡Otra tontería!

ARCHIBALDO. - Bueno; tampoco lo vamos a

discutir. ¿Y de tu hermano? ¿Qué le has dicho de

ese calaverón de Ernesto?

GRESFORD.- ¡Oh!, antes de fin de semana pienso

acabar con él. Diré que ha fallecido en París de una

apoplejía. Todos los días se está muriendo gente de

apoplejía, ¿verdad?

ARCHEBALDO.- Sí; pero la apoplejía es hereditaria.

Harías mejor en decir de una pulmonía fulminante.

GRESFORD.- ¿Estás seguro de que las pulmonías

fulminantes no son hereditarias?

ARCHIBALDO.- ¡Segurísimo!

GRESFORD. - Bueno; pues mi pobre hermano

Ernesto ha fallecido de repente en París a consecuencia

de una pulmonía fulminante. ¡Ya estoy libre

de él!

O S C A R W I L D E

38

ARCHIBALDO. - Pero... ¿no dijiste que miss Morris

empezaba a interesarse demasiado por tu hermano

Ernesto? Va a tener un disgusto.

GRESFORD.- ¡Bah!, eso no tiene importancia. Cecilia

no es una niña romántica. Afortunadamente.

Tiene un apetito magnífico, se da unos paseos tremendos

y no presta la menor atención a sus estudios.

ARCHIBALDO.- ¡Me gustaría conocer a Cecilia!

GRESFORD.- Ya tendré yo buen cuidado de que

no la conozcas. Es preciosa y acaba de cumplir los

dieciocho años.

ARCHIBALDO.- ¿Le dijiste a Susana que tenías

una pupila preciosa, que acababa de cumplir los dieciocho?

GRESFORD.- ¿Y a qué santo iba a decírselo? Cecilia

y Susana serán seguramente grandes amigas. Te

apuesto lo que quieras a que a la media hora de conocerse

se llaman hermanas.

ARCHIBALDO.- Sí, eso es lo que hacen siempre

las mujeres después que se han llamado otra porción

de cosas. Ahora, hijo mío, si quieres que cojamos

mesa en Willis, hay que ir a vestirse. Son cerca

de las siete, y empiezo a tener apetito.

GRESFORD.- ¡Cuándo no tendrás tú apetito!

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

39

ARCHIBALDO.- ¿Qué te parece que hagamos

después de cenar? ¿Ir al teatro?

GRESFORD. - ¡Oh, no! ¡No estoy con humor de

oír nada!

ARCHIBALDO.- Al club, entonces.

GRESFORD. - Tampoco; no estoy con humor de

hablar.

ARCHIBALDO. - ¡Pues tú dirás qué hacemos!

GRESFORD. - ¡Nada!

ARCHIBALDO.- Eso es demasiado difícil. Yo no

me siento con fuerzas.

(Entra ESTEBAN.)

ESTEBAN. - ¡Miss Susana!

(Entra SUSANA. Sale ESTEBAN.)

SUSANA. - ¡Archi, ten la bondad de volverte de

espaldas! Tengo que decir algo en particular a míster

Gresford.

ARCHIBALDO. - La verdad, Susana.... no sé si

debo...

O S C A R W I L D E

40

SUSANA. - ¡Tú siempre echándotelas de inmoral!

No eres bastante viejo para ello. (ARCHIBALDO se

retira hacia la chimenea.)

GRESFORD.- ¡Mi querida Susana!

SUSANA. - ¡Ernesto, es posible que nunca seamos

marido y mujer! La cara que sacaba mamá me lo

hace temer. Son muy pocos los padres que hoy hacen

caso de la opinión de sus hijos. El respeto que

antiguamente se tenía a los jóvenes, casi ha desaparecido.

Yo, si alguna influencia tuve sobre mamá,

la perdí desde los tres años. Pero, aunque ella

pueda impedirnos que lleguemos a ser marido y

mujer y obligarme a que me case con otro, nada,

nada podrá alterar el amor que siento por usted.

GRESFORD.- ¡Querida Susana!

SUSANA.- La historia tan romántica de su nacimiento,

tal como me la ha contado mamá, con una

porción de comentarios desagradables, me ha conmovido

hasta lo más íntimo. Su nombre de pila tiene

para mi un hechizo irresistible. La sencillez del

carácter de usted me lo hace deliciosamente incomprensible.

Tengo la dirección de usted en Londres.

¿Cuál es la del campo?

GRESFORD.- Manor House, Woolton Hertfordshire.

(ARCHIBALDO, que ha estado escuchando

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

41

atentamente, toma nota de la dirección en un puño de la camisa.

Luego, coge de una mesita una guía de ferrocarriles.)

SUSANA.- Supongo que el servicio de correos será

bueno, ¿verdad? No hay más remedio que hacer algún

disparate. Claro que hay que pensarlo bien. Le

escribiré a usted todos los días.

GRESFORD. - ¡Amor mío!

SUSANA. - ¿Hasta cuándo estará usted en Londres?

GRESFORD.- Hasta el lunes.

SUSANA. - Perfectamente. Archi, ya puedes volverte.

ARCHIBALDO. - Gracias; ya me he vuelto.

SUSANA.- Haz el favor de llamar al timbre.

GRESFORD.- ¿Me permite usted que la acompañe

hasta el coche?

SUSANA. - Naturalmente.

GRESFORD.- (A ESTEBAN que acaba de entrar.)

Yo acompañaré a la señorita.

(Salen GRESFORD y SUSANA. ESTEBAN presenta

a ARCHIBALDO varias cartas en una bandeja. Puede

suponerse que son facturas, pues ARCHIBALDO, en

cuanto lee los sobres las rompe)

O S C A R W I L D E

42

ARCHIBALDO. - Mañana, Esteban, voy a bunburyzar.

ESTEBAN.- Bien, señorito.

ARCHIBALDO. - Probablemente no estaré de

vuelta hasta el lunes. Prepara el maletín de siempre,

mete el smoking, un traje de sport.. En fin, lo de costumbre.

ESTEBAN. - Bien, señorito.

(Entra GRESFORD. Sale ESTEBAN.)

GRESFORD.- ¡Qué muchacha tan sensible, tan inteligente!

La única muchacha que ha conseguido interesarme

de veras. (ARCHIBALDO empieza a reírse

inmoderadamente.) ¿Puede saberse qué es lo que te

hace tanta gracia?

ARCHIBALDO.- ¡Oh, nada! Que estoy un poco

inquieto a causa de ese pobre Bunbury.

GRESFORD.- Si no tienes cuidado, ya verás cómo

el tal Bunbury acaba por meterte en algún mal paso.

ARCHIBALDO.- Me encantan los malos pasos.

Son los únicos de que se sale bien.

GRESFORD.- Una tontería más. Te pasas la vida

diciendo tonterías.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

43

ARCHIBALDO. Como todo el mundo, hijo mío,

como todo el mundo. (GRESFORD le lanza una

mirada de indignación y sale. ARCHIBALDO enciende

un pitillo, se mira el puño de la camisa y sonríe.)

O S C A R W I L D E

44

A C T O S E G U N D O

Jardín de la quinta de míster Gresford. Una escalinata

de piedra gris conduce a la casa. El jardín, un

jardín a la antigua, aparece lleno de rosas. Mes de

julio. Sillones de mimbre y una mesa atestada de

libros, a la sombra de un tejo frondosísimo. Miss

Prism, sentada delante de la mesa. Al fondo, Cecilia,

regando las flores.

MISS PRISM. - (Llamándola.) ¡Cecilia! ¡Cecilia! ¿No

le parece que esa ocupación tan utilitaria de regar las

flores es más bien de incumbencia del jardinero?

Sobre todo teniendo en cuenta los placeres intelectuales

que están aguardándola a usted. Su gramática

alemana está sobre la mesa. Tenga usted la bondad

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

45

de abrirla por la página 15. Vamos a repetir la lección

de ayer.

CECILIA. - (Acercándose muy despacio.) ¡Pero si a mí

no me gusta el alemán! Es una lengua que no sienta

bien a nadie. Estoy segura de que después de la lección

de alemán parezco feísima.

MISS PRISM.- Hija mía, ya sabe usted el interés

que tiene su tutor en que usted reciba una educación

esmeradísima. Ayer, antes de marchar a Londres,

me recomendó muy especialmente el alemán.

Sí, cada vez que se marcha a Londres me recomienda

con mucha insistencia la lección de alemán.

CECILIA. - ¡El querido tío Juan es tan serio! A veces

está tan serio, que me parece que no debe de

sentirse bien...

MISS PRISM.- Su tutor disfruta de una salud inmejorable,

y su gravedad es tanto más digna de admiración

si se tiene en cuenta su relativa juventud.

No conozco a nadie con sentido más alto de la responsabilidad

y del deber.

CECILIA. - ¡Ah! Esa debe de ser la causa de que

muchas veces, cuando estamos juntos los tres, tenga

esa cara de aburrimiento.

MISS PRISM. - ¡Cecilia! Me sorprende oírla hablar

así. Míster Gresford tiene muchas cosas en qué penO

S C A R W I L D E

46

sar, y no puede entregarse a frivolidades ociosas.

Piense usted en la constante preocupación de que es

causa su hermano, ese desgraciado joven...

CECILIA.- El tío Juan debería permitir a ese desgraciado

joven que viniese por aquí de cuando en

cuando. Podríamos ejercer sobre él una benéfica influencia.

Sí, estoy segura de que usted la ejercería,

Miss Prism. Usted sabe alemán y geología, y esas

cosas deben influir mucho sobre un hombre. (Abre

su diario y se pone a escribir en él.)

MISS PRISM. - (Meneando dubitativamente la cabeza.)

No creo que pudiera influir lo más mínimo en un

carácter que, según dice su mismo hermano, es de

una debilidad y de una inestabilidad irremediables.

Ni me parece que, aun pudiendo, quisiera influir.

Yo no apruebo esa manía moderna de convertir en

buenas a las malas personas, en un abrir y cerrar de

ojos. No; que cada cual coseche lo que sembró...

Debería usted dejar ahora ese diario, Cecilia. Realmente,

no veo la necesidad de que lleve usted un

diario.

CECILIA.- Lo llevo para anotar los secretos maravillosos

de mi vida. Si no los apuntara, es casi seguro

que los olvidaría por completo.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

47

MISS PRISM.- La memoria, mi querida Cecilia, es

el diario que todos llevamos con nosotros.

CECILIA.- Sí; pero generalmente, no registra más

que las cosas que no han sucedido nunca, ni podían

suceder. Me parece que la memoria debe de ser la

responsable de todas esas novelas que se escriben

hoy día.

MISS PRISM.- No hable usted a la ligera de las novelas,

Cecilia. ¡Ay! Yo también escribí una en mi

juventud.

CECILIA.- ¿De verdad, miss Prism? ¡Cuidado que

tiene usted talento! Supongo que no acabaría bien,

¿eh? Detesto las novelas que acaban bien. Me entristecen

horriblemente.

MISS PRISM.- Los buenos acababan bien y los

malos eran castigados. Así lo requiere siempre la

fábula.

CECILIA.- ¿Sí? Pues es una injusticia. ¿Y publicó

usted su novela?

MISS PRISS.- ¡Ay, no! Desgraciadamente, el manuscrito

fue abandonado. (CECILIA se estremece.)

Quiero decir que se extravió y no fue posible recuperarlo.

Bueno, hija mía; estas disquisiciones tienen

muy poco que ver con los estudios de usted.

O S C A R W I L D E

48

CECILIA. - (Sonriendo.) Pero por allí veo venir al

reverendo Ascot.

MISS PRISM.- (levantándose y avanzando.) ¿El reverendo

Ascot? ¡Qué alegría verle por aquí!

(Entra el reverendo ASCOT.)

ASCOT.- ¿Qué tal, qué tal vamos? Supongo que

todos bien, ¿verdad, miss Prism?

CECILIA. - Precisamente miss Prism se quejaba,

cuando llegó usted, de un poco de jaqueca. ¿Verdad

que le sentaría bien dar una vueltecita con usted por

el parque?

MISS PRISM.- ¡Pero, Cecilia, yo no he dicho una

sola palabra de jaqueca!

CECILIA.- Sí, mi querida miss Prism; pero yo sé

que tiene usted un poco de jaqueca. Como que antes

de que llegara el reverendo no pensaba en otra

cosa. Eso era justamente lo que no me dejaba prestar

atención a la lección de alemán.

ASCOT.- Espero, Cecilia, que no será usted una

niña desaplicada.

CECILIA. - ¡Ay, sí, señor, mucho lo temo!

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

49

ASCOT.- Es raro. Si yo tuviera la suerte de ser un

discípulo de miss Prism, estaría siempre pendiente

de sus labios.

MISS PRISM.- (Ruborizándose y abriendo mucho los

ojos.) ¿Eh?

ASCOT.- Hablo metafóricamente. Una metáfora

tomada de las abejas. ¡Jem!... ¿Y míster Gresford, no

ha regresado todavía?

MISS PRISM.- No lo esperamos hasta el lunes por

la tarde.

ASCOT.- ¡Ah, sí! Es verdad; no me acordaba que

suele pasar los domingos en Londres. Míster Gresford

no es uno de los hombres que sólo piensan en

divertirse, como, según parece, es ese infortunado

joven hermano suyo. Pero, en fin, no quiero distraer

por más tiempo a Egeria y su discípula.

MISS PRISM.- ¿Egeria? Mi nombre es Leticia, mi

reverendo.

ASCOT.- (Haciendo una pequeña reverencia.) Es una

simple alusión clásica, tomada de los autores paganos.

¿Tendré el gusto de verla a usted esta tarde en

la oración?

MISS PRISM.- ¿Y si diéramos ahora una vueltecita?

Me parece, en efecto, que tengo un poco de jaqueca,

y quizá un paseíto me sentase bien.

O S C A R W I L D E

50

ASCOT.- ¡Encantado, miss Prism, encantado! Podemos

ir hasta la escuela, y desde allí volver.

MISS PRISM.- Muy bien pensado. Usted, entretanto,

Cecilia, me hará el favor de estudiar su lección

de economía política. El capítulo sobre la baja de la

rupia puede usted saltarlo. Es demasiado sensacional.

Hasta estos problemas financieros tienen su

parte melodramática. (Se aleja por el jardín en compañía

del reverendo ASCOT.)

CECILIA. - (Cerrando los libros y tirándolos sobre la

mesa.) ¡Al diablo la economía política! ¡Al diablo la

geografía! ¡Al diablo el alemán!

(Entra ANSELMO con una tarjeta sobre una bandeja.)

ANSELMO. - Míster Ernesto Gresford acaba de

llegar de la estación. Trae consigo el equipaje.

CECILIA. - (Cogiendo la tarjeta y leyéndola.) "Míster

Ernesto Gresford, Albany, 4" ¡El hermano de tío

Juan! ¿Le ha dicho usted que el señor estaba en

Londres?

ANSELMO.- Sí, señorita. Y ha parecido muy contrariado.

Le dije entonces que usted y miss Prism

estaban en el jardín, y ha contestado que tenía muL

A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

51

cho interés en hablar a solas con usted un momento.

CECILIA.- Dígale usted a míster Ernesto Gresford

que pase aquí. Y me parece que no estaría de más

que encargase al ama de llaves que fuesen preparando

el cuarto.

ANSELMO. - Se hará lo que manda la señorita.

(Sale.)

CECILIA. - ¡Ay! Todavía no he conocido a ningún

mal sujeto de veras. Casi me siento asustada. ¿Y si

se parece a todos los demás hombres? (Entra

ARCHIBALDO muy resuelto y satisfecho.) ¡Y se parece!

ARCHIBALDO. - (Descubriéndose.) Usted es mi primita

Cecilia, si no me equivoco.

CECILIA.- No, señor, no se equivoca usted. Aunque

estoy bastante crecida para mi edad, soy su primita

Cecilia. Usted, ya he visto por su tarjeta, que es

el hermano de mi tío Juan, mi primo Ernesto, el

perdido de mi primo Ernesto.

ARCHIBALDO. - ¿Perdido yo? No, no, prima Cecilia.

No vaya usted a pensar que yo soy un perdido.

CECILIA.- Pues si no lo es, nos ha estado usted

engañando a todos del modo más imperdonable.

Supongo que no habrá usted llevado una doble

O S C A R W I L D E

52

existencia, echándoselas de perdido y siendo luego

una persona decente, ¿eh? Eso sería una hipocresía.

ARCHIBALDO.- (Mirándola estupefacto.) ¡Caramba,

caramba!... Sí, la verdad es que he sido un poco

aturdido.

CECILIA. - Celebro saberlo.

ARCHIBALDO.- Sí; ahora que me hace usted pensar

en ello, comprendo que he sido una pequeña

calamidad.

CECILIA.- No creo que sea un motivo para envanecerse;

aunque, seguramente, debió de ser muy

agradable para usted.

ARCHIBALDO. - Mucho más agradable es estar

aquí con usted.

CECILIA.- Lo que no comprendo es por qué está

usted aquí. El tío Juan no estará de regreso hasta el

lunes por la tarde.

ARCHIBALDO. - ¡Qué contrariedad! Precisamente

tengo que irme en el primer tren de la mañana

del lunes. Tengo una cita de negocios que

sentiría muchísimo... no perder.

CECILIA.- ¿Y no podría usted perderla en otro sitio

que en Londres?

ARCHIBALDO.- No; la cita es en Londres.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

53

CECILIA.- Sí, ya sé lo importante que es no acudir

a una cita de negocios si se quiere conservar cierto

sentido de la belleza de la vida; pero, no obstante,

creo que haría usted mejor en aguardar al regreso

del tío Juan. Sé que desea hablar con usted de su

emigración.

ARCHIBALDO.- ¿De la emigración de quién?

CECILIA.- De quien va a ser; de usted. Ha ido a

Londres a comprarle el equipo.

ARCHIBALDO.- ¿El equipo? Por nada del mundo

le dejaría yo a Juan comprarme el equipo. Es de un

gusto lamentable, sobre todo en cuestión de corbatas.

CECILIA.- ¿Y qué falta le van a usted a hacer las

corbatas en Australia?

ARCHIBALDO. - ¿Australia? ¡Antes la muerte!

CECILIA.- Pues el otro día, el miércoles por la noche,

dijo en la mesa que tendría usted que elegir entre

el otro mundo y Australia.

ARCHIBALDO.- ¡Ah, no, no! Las noticias que he

recibido de Australia y del otro mundo no son para

animar a nadie. Me contento con este mundo, prima

Cecilia; es bastante bueno para mí.

CECILIA.- Sí; pero y usted, ¿es bastante bueno

para él?

O S C A R W I L D E

54

ARCHIBALDO.- ¡Ay! Temo que no. Por eso quiero

que usted me ayude a mejorar. Usted podría hacer

de esto su misión en la tierra, prima Cecilia.

CECILIA. - Me parece que no me queda tiempo

esta tarde.

ARCHIBALDO. - Bueno; ¿prefiere usted entonces

que me mejore yo mismo?

CECILIA.- Un poco quijotesco sería; pero debía

usted probar.

ARCHIBALDO. - Probaré. Ya me siento mejor.

CECILIA.- Pues tiene usted peor cara.

ARCHIBALDO. - Es que tengo hambre.

CECILIA. - ¡Qué cabeza la mía! ¡No haber pensado

que cuando uno se dispone a emprender una

vida completamente nueva se necesita una alimentación

abundante y sana! ¿Quiere usted que entremos?

ARCHIBALDO. - Gracias. ¿Podría usted darme

antes una flor para el ojal? Es condición indispensable

de mi apetito la flor en el ojal.

CECILIA.- (Cogiendo unas tijeras.) ¿Una mariscal

Niel?

ARCHIBALDO.- No; preferiría una rosada.

CECILIA. - (Cortando una rosada.) ¿Por qué?

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

55

ARCHIBALDO.- Porque parece usted una rosa

rosada, prima Cecilia.

CECILIA.- No creo que esté bien que me hable

usted así. Miss Prism jamás me dice esas cosas.

ARCHIBALDO. - Porque será vieja y miope.

(CECILIA le coloca la rosa en el ojal.) Es usted la muchacha

más bonita que he visto en mi vida.

CECILIA.- Miss Prism dice que la belleza es una

celada.

ARCHIBALDO.- Una celada en que todo hombre

sensato desearía caer.

CECILIA. - ¡Oh! A mí no me gustaría que cayese

en la mía un hombre sensato. No sabría de qué hablar

con él. (Entran en la casa. Aparecen por un lado MISS

PRISM y el reverendo ASCOT.)

MISS PRISM.- Está usted demasiado solo, mi reverendo.

Debería usted casarse. Pase que haya misántropos,

¡pero un mujerántropo!

ASCOT. - (Con un estremecimiento de humanista.) Crea,

usted, miss Prism, que no merezco un neologismo

semejante. Lo mismo el precepto que la práctica de

la iglesia primitiva eran contrarios al matrimonio.

MISS PRISM.- (Sentenciosamente.) Esa es evidentemente

la razón de que la iglesia primitiva no haya

llegado hasta nuestros días. Y usted, amigo mío,

O S C A R W I L D E

56

parece no darse cuenta de que un hombre que se

empeña en permanecer soltero acaba por convertirse

en una verdadera tentación pública.

ASCOT.- ¿Pero es que un hombre casado no resulta

tan tentador como un soltero?

MISS PRISM.- Ningún hombre casado resulta tentador,

como no sea para su mujer.

ASCOT.- Y muchas veces, según me han dicho, ni

siquiera para su mujer.

MISS PRISM. - Eso depende de la capacidad de

simpatía intelectual que tenga la mujer. Por eso se

debe escoger una mujer de edad madura en la que

poder confiar, capaz de entenderle a uno. Las jóvenes

siempre resultan verdes.

ASCOT. - (Con un estremecimiento.) ¿ Cómo?

MISS PRISM.- Hablo metafóricamente. Una metáfora

tomada de la horticultura. Pero ¿dónde estará

Cecilia? (Entra GRESFORD lentamente por el foro.

Viene vestido de luto riguroso, con una gasa en el sombrero, y

guantes negros.) ¡Míster Gresford!

ASCOT.- ¿Míster Gresford?

MISS PRISM.- Esto es realmente una sorpresa. No

le esperábamos a usted hasta el lunes por la tarde.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

57

GRESFORD.- (Estrechando la mano a Miss Prism con

un ademán trágico.) He vuelto antes de lo que esperaba.

¿Qué tal, mi reverendo, sigue usted bien?

ASCOT.- Espero, míster Gresford, que ese aire

sombrío no significará ninguna desgracia...

GRESFORD.- ¡Mi hermano!

MISS PRISM.- ¿Alguna extravagancia? ¿Deudas?...

ASCOT.- ¿Siempre en su vida de disipación?

GRESFORD. - (Sacudiendo la cabeza.) ¡Ha muerto!

ASCOT.- ¿Que su hermano Ernesto ha muerto?

GRESFORD. - ¡Por completo!

MISS PRISM.- ¿Qué lección para él? Espero que le

aprovechará.

ASCOT.- ¡Mi Más sincero pésame, míster Gresford!

Le queda a usted por lo menos el consuelo de

saber que fue usted el más generoso y solícito de los

hermanos.

GRESFORD. - ¡Pobre Ernesto! Tenía muchos defectos,

pero es un golpe tremendo.

ASCOT. - Realmente tremendo. ¿Asistió a sus últimos

momentos?

GRESFORD.- No. Murió en el extranjero; en París.

Lo supe anoche por un telegrama que me puso

el director del Grand Hotel.

ASCOT.- ¿Decía la causa de la muerte?

O S C A R W I L D E

58

GRESFORD.- Una pulmonía fulminante, según

parece.

MISS PRISM.- Cada cual cosecha lo que siembra

ASCOT. - (Levantando la mano.) ¡Caridad, querida

miss Prism, caridad! No hay nadie perfecto. Y mismo,

por ejemplo, tengo una debilidad por el ajedrez.

¿Y el entierro, se verificará aquí?

GRESFORD.- No. Parece ser que manifestó expresamente

su voluntad de ser enterrado en París.

ASCOT.- ¿En París? (Meneando la cabeza.) ¡A temo

que esa disposición no sea buen indicio de su estado

de ánimo en los últimos momentos! Sin duda usted

querrá que en mi plática del domingo haga alguna

ligera alusión a esta desgracia doméstica ¿verdad,

míster Gresford? Cuente usted conmigo

(GRESFORD le estrecha la mano convulsivamente.). Mi

sermón sobre el sentido del maná en el desierto

puede adaptarse a casi todas las situaciones, gozosas

o, como en el caso actual, aflictivas. (Suspiro general.)

Lo he pronunciado ya un sinnúmero de veces, en

bautizos, confirmaciones, días de penitencia, días

festivos... La última vez fue en la catedral como

sermón de caridad, en favor de la Junta preventiva

del descontento entre las clases altas. Al obispo, que

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

59

estaba presente, le causaron gran impresión algunas

de mis comparaciones.

GRESFORD. - ¡Ah, a propósito, ahora que recuerdo.

Usted sabrá bautizar, ¿verdad, mi reverendo?

( reverendo ASCOT le mira con estupefacción.)

Quiero decir que usted bautiza muy a menudo, ¿no

es eso?

MISS PRISM.- Siento decir que es uno de los más

constantes deberes del reverendo en esta parroquia.

Yo he intentado varias veces hablar de la cuestión a

las clases necesitadas; pero todo ha sido inútil. No

tienen la menor noción de lo que es la economía.

ASCOT.- Pero ¿se trata de algún niño que le interesa

a usted particularmente, míster Gresford? Su

hermano, si no me engaño, era soltero, ¿verdad?

GRESFORD. - ¡Sí, sí, soltero!

MISS PRISM. - (Amargamente.) Los hombres que

no viven más que para divertirse suelen permanecer

solteros.

GRESFORD.- Pero no se trata de ningún niño, mi

reverendo. No; el caso es que esta misma tarde, si

no tiene nada que hacer, desearía que me bautizase

a mí.

ASCOT.- ¿Pero seguramente, míster Gresford, estará

usted ya bautizado?

O S C A R W I L D E

60

GRESFORD. - ¡La verdad, no recuerdo!

ASCOT.- Pero ¿es que tiene usted alguna duda

respecto a ello?

GRESFORD.- Me parece que sí. Por lo menos no

tengo la seguridad. Ahora usted me dirá si hay algo

que me impida hacerlo. Acaso la edad...

ASCOT. - No, no, en absoluto. La aspersión y

hasta la inmersión de los adultos es perfectamente

canónica.

GRESFORD. - ¡La inmersión!

ASCOT. - ¡Oh, no se inquiete usted! Con la aspersión

bastará. ¡El tiempo está tan inseguro! ¿A qué

hora desea usted que tenga lugar la ceremonia?

GRESFORD.- A las cinco, si a usted le parece.

ASCOT.- ¡Perfectamente, perfectamente! (Sacando

el reloj.) Ahora, mi querido míster Gresford, voy a

dejarle a usted que llore su desgracia a solas. Sin

embargo, no se deje abatir demasiado por el dolor.

Lo que a veces se nos antojan pruebas durísimas

son bendiciones disfrazadas.

MISS PRISM.- Ésta me parece a mí una bendición

sin el menor disfraz.

(Entra CECILIA, que viene de la casa.)

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

61

CECILIA.- ¡Tío Juan! ¡Tío Juan! ¡Cuánto me alegro

de que esté usted de vuelta! Pero ¡qué traje tan lúgubre

se ha puesto usted! ¡Vaya usted a mudarse!

MISS PRISM.- ¡Cecilia!

ASCOT.- ¡Hija mía! ¡Hija mía! (CECILIA se dirige

hacia GRESFORD. Éste la besa melancólicamente en

frente.)

CECILIA.- ¿Qué ocurre, tío Juan? Vamos, ponga

usted una cara más alegre. Parece como si tuviera

usted dolor de muelas. ¡Si supiera usted la sorpresa

que le aguarda! ¿Quién cree usted que está en el

comedor? ¡Su hermano!

GRESFORD. - ¿Quién?

CECILIA.- Su hermano Ernesto. Hará media hora

que llegó.

GRESFORD. - ¡Qué disparate! Yo no tengo ningún

hermano.

CECILIA. - ¡Oh, no diga usted que no! Por mal

que se haya portado con usted en el pasado, no por

eso deja de ser su hermano. No es posible que tenga

usted tan poco corazón que vaya a renegar de él.

Voy a decirle que venga, y se reconciliarán ustedes

verdad, tío Juan? (Echa a correr hacia la casa.)

ASCOT. - ¿Agradable sorpresa, eh?

O S C A R W I L D E

62

MISS PRISM.- Después de habernos todos resignado

a su pérdida, esa reaparición me parece desoladora.

GRESFORD.- ¿Que mi hermano está en el comedor?

¿Qué querrá decir todo esto? ¡Absurdo, absurdo!

(Entran ARCHIBALDO y CECILIA, cogidos de la

mano, y avanzan muy despacio hacia GRESFORD.)

¡Santo cielo! (Se apresura a separar a ARCHIBALDO

de CECILIA.)

ARCHIBALDO. - Hermano Juan, he venido de

Londres exclusivamente para decirte que estoy arrepentido

de todas las molestias y disgustos que te he

proporcionado y la decisión que he tomado de

cambiar de género de vida en lo sucesivo.

(GRESFORD le mira con ojos furibundos, sin tomar la

mano que ARCHIBALDO le tiende.)

CECILIA.- ¡Tío Juan! No irá usted a rehusar la

mano de su propio hermano.

GRESFORD. - ¡Por nada del mundo estrecharé

esa mano! Su venida aquí me parece un insulto. ¡Él

sabe de sobra por qué!

CECILIA. - ¡No sea usted rencoroso, tío Juan! Todo

el mundo tiene alguna buena cualidad. Precisamente,

Ernesto acaba de hablarme de un amigo

suyo muy achacoso, el pobre Bunbury, a quien va a

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

63

ver muy a menudo. Y no cabe duda de que algo

bueno debe de haber en un hombre capaz de abandonar

las diversiones de Londres para sentarse

junto al lecho de un amigo enfermo.

GRESFORD. - ¡Ah! ¿Conque te ha estado hablando

de Bunbury?

CECILIA.- Sí, me ha estado contando lo mal que

está ese pobre señor.

GRESFORD.- ¡Bunbury! Bueno; pues de aquí en

adelante te aseguro que no te hablará más de Bunbury

¡ni de nada!... ¡Es para volverse loco!

ARCHIBALDO. - (Con acento grave y emocionado.)

Reconozco que todas las culpas son mías; pero debo

confesar también que este desvío de mi querido

hermano Juan me es particularmente penoso. Yo

esperaba un recibimiento más efusivo, más cordial...

Sobre todo, teniendo en cuenta que es la primera

vez que yo vengo aquí.

CECILIA. - (Con tono de autoridad.) ¡Tío Juan, si no

le da usted la mano inmediatamente a su hermano

Ernesto, no se lo perdonaré en mi vida!

GRESFORD.- ¿Que no me perdonarás?

CECILIA. - ¡En la vida!

O S C A R W I L D E

64

GRESFORD. - Bueno; es la última vez que lo hago.

(Le da la mano a ARCHIBALDO, mirándole con

ojos centelleantes.)

ASCOT. - ¡Qué agradable es ver una reconciliación

tan perfecta!, ¿verdad? Creo que haríamos bien en

dejar solos a los dos hermanos.

MISS PRISM. - Cecilia, tenga la bondad de acompañarnos.

CECILIA.- Con mucho gusto, miss Prism. Mi trabajo

de reconciliación ha terminado.

ASCOT.- Ha llevado usted a cabo una acción muy

hermosa, hija mía.

MISS PRISM.- No seamos prematuros en nuestro

juicios. (Salen todos, excepto GRESFORD y ARCHI

BALDO.)

GRESFORD. - (Acercándose a ARCHIBALDO con

aire amenazador.) Oye, grandísimo fresco, vas a hacerme

el favor de irte inmediatamente. ¡A bunburyzar

a otra parte!

(Entra ANSELMO.)

ANSELMO.- He puesto las cosas del señorito Ernesto

en la alcoba contigua a la del señor. ¿Está bien

así?

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

65

GRESFORD.- ¿Qué?

ANSELMO.- Me refiero al equipaje del señorito

Ernesto. Lo he desempaquetado todo y lo he

puesto en la alcoba contigua a la del señor.

GRESFORD.- ¿Su equipaje?

ANSELMO.- Sí, señor. Tres maletas, un estuche

tocador, dos sombreros y una cesta grande de merienda.

ARCHIBALDO.- Sí, creo que no podré estar con

vosotros más de una semana.

GRESFORD.- Anselmo, que enganchen el coche

inmediatamente. El señorito Ernesto ha recibido un

aviso que le obliga a regresar esta misma tarde a

Londres.

(ANSELMO saluda y vase.)

ARCHIBALDO. - ¡Cuidado que eres embustero,

Juan Yo no he recibido ningún aviso.

GRESFORD.- Sí has recibido.

ARCHIBALDO. - Pues no me he enterado.

GRESFORD.- Tu deber de caballero te llama a

Londres con urgencia.

ARCHIBALDO.- Mi deber de caballero nunca ha

tenido nada que ver con mis diversiones.

O S C A R W I L D E

66

GRESFORD.- Ya lo veo. No necesitas jurármelo.

ARCHIBALDO. - Además, Cecilia es preciosa.

GRESFORD.- ¡Te prohibo que hables así de miss

Morris! No me hace la menor gracia.

ARCHIBALDO. - Bueno; tampoco me hace gracia

a mí ese traje absurdo que te has puesto. Te aseguro

que estás de lo más ridículo. ¿Por qué no vas a mudarte?

Resulta pueril estar de luto por un hombre

que se va a pasar una semana en tu casa en calidad

de huésped. Hasta grotesco resulta.

GRESFORD. - Puedes tener la seguridad de que

no pasarás aquí una semana, ni mucho menos. En el

tren de las cuatro y cinco sales para Londres.

ARCHIBALDO.- En manera alguna puedo irme

dejándote de luto. Sería una falta de cariño. Me parece

que si yo estuviera en tu lugar, tampoco tú te

irías dejándome tan afligido, ¿verdad? Te aseguro

que no estaría nada bien.

GRESFORD. - Bueno; ¿te irás si me cambio de

traje?

ARCHIBALDO.- Sí, con tal de que no tardes demasiado.

No conozco a nadie que tarde tanto en

vestirse, y con tan escaso resultado.

GRESFORD.- Hijo mío, eres de una presunción

ridícula. Y tu conducta conmigo es un insulto, y tu

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

67

presencia en mi jardín, el colmo de lo absurdo.

Vuelvo a repetirte que en el tren de las cuatro y cinco

saldrás para Londres. ¡Buen viaje! Este bunburysmo,

como tú dices, no ha sido un gran éxito que

digamos. (Entra en la casa.)

ARCHIBALDO.- ¡Pues no sé qué más éxito iba a

ser! ¡Me he enamorado de Cecilia, que era lo esencial!

(Entra CECILIA por el fondo del jardín. Coge la

regadera y se pone a regar las flores.) Pero es preciso que

la vea antes de irme y que nos pongamos de acuerdo

para otra excursión bunburysta. ¡Ah, aquí está!

CECILIA. - ¡Oh! No he venido más que a regar

estas rosas. Creía que estaba usted con el tío Juan.

ARCHIBALDO.- Se ha ido a decir que enganchen

el coche.

CECILIA.- ¡Ah! ¿Va a llevarle a usted a dar un

vuelta?

ARCHIBALDO.- ¡Va a llevarme a la estación!

CECILIA.- ¿A la estación? Entonces, ¿vamos a

tener que separarnos?

ARCHIBALDO.- Así parece. ¡Qué horrible separación!

CECILIA. - Siempre es penoso separarse de los

amigos recientes. La ausencia de los antiguos puede

sobrellevarse con cierta ecuanimidad; pero la sepaO

S C A R W I L D E

68

ración, por momentánea que sea, de una persona

que se acaba de conocer, resulta casi insoportable.

ARCHIBALDO. - Gracias, prima Cecilia, gracias.

(Entra ANSELMO.)

ANSELMO.- El coche espera a la puerta, señorito.(

ARCHIBALDO lanza a CECILIA una mirada de

súplica.)

CECILIA.- Que espere, Anselmo..., cinco minuto

(ANSELMO saluda y vase.)

ARCHIBALDO. - Espero, Cecilia, que no se ofender

usted si le digo con toda franqueza y sin rodeos

que me parece usted, por todos conceptos, la perfección

absoluta en persona.

CECILIA.- Esa franqueza le honra a usted, Ernesto.

Si no tiene usted inconveniente, voy a anotar

en mi diario esa observación. (Se dirige a la mesa pónese

a escribir en el diario.)

ARCHIBALDO.- ¿Cómo? ¿Lleva usted realmente

un diario? Daría cualquier cosa por echarle una

ojeada ¿Me lo permite usted?

CECILIA. - ¡Oh, no, de ningún modo! (Tapando el

cuaderno con la mano.) Usted comprenderá que esto

no es más que una relación de los pensamientos e

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

69

impresiones de una muchacha y, como tal, destinado

a la publicación. Espero que, cuando aparezca en

volumen, comprará usted un ejemplar, ¿verdad?

Pero tenga usted la bondad de proseguir, Ernesto.

Me encanta escribir al dictado. Estábamos en lo de

“perfección absoluta”. Puede usted continuar.

ARCHIBALDO. - ¡Jem! ¡Jem!

CECILIA. - ¡Oh, nada de toser, Ernesto! Cuando

se dicta debe uno hablar de corrido y sin toser.

Además, no sé cómo se escribe la tos. (Va escribiendo

a medida que habla ARCHIBALDO.)

ARCHIBALDO. - (Hablando muy de prisa.) Cecilia,

desde que vi por primera vez su maravillosa e incomparable

belleza, me he atrevido a amarla a usted

locamente, apasionadamente, desesperadamente.

CECILIA.- No creo que deba usted decirme que

me ama locamente, apasionadamente, desesperadamente.

¿No le parece a usted que ese desesperadamente

carece, por decirlo así, de sentido?

ARCHIBALDO. - ¡Cecilia!

(Entra ANSELMO.)

ANSELMO. - Señorito, el coche está preparado.

O S C A R W I L D E

70

ARCHIBALDO. - Dígale usted que vuelva la semana

próxima, a la misma hora.

ANSELMO. - (Después de mirar a CECILIA, que permanece

impasible.) Muy bien, señorito.

CECILIA.- Me parece que al tío Juan no le hará

mucha gracia saber que piensa usted quedarse hasta

la semana próxima, a la misma hora.

ARCHIBALDO.- ¡Bah, me tiene sin cuidado Juan!

Ya no me importa más ser en el mundo que usted.

La adoro a usted, Cecilia. ¿Quiere usted ser mi mujer?

CECILIA. - ¡Tonto! ¡Pues claro que sí! ¡Como que

hace tres meses que tenemos relaciones!

ARCHIBALDO. - ¿Tres meses?

CECILIA.- Sí, el jueves hará los tres meses justos.

ARCHIBALDO. - Pero... ¿y cómo es que hemos

tenido relaciones?

CECILIA.- Pues muy sencillo. Desde que el tío

Juan nos dijo que tenía un hermano que era un perdido,

usted, como es natural, se convirtió en el tema

de mis conversaciones con miss Prism. No hace

falta decir que un hombre del que se habla tanto,

acaba siempre por resultar atractivo. El caso es que,

locura o no, me enamoré de usted, Ernesto.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

71

ARCHIBALDO. - ¡Amor mío! ¿Y qué día empezaron

nuestras relaciones?

CECILIA.- El 14 de febrero pasado fue cuando se

declaró usted. Desesperada por la absoluta ignorancia

en que estaba usted de mi existencia, decidí concluir

de un modo o de otro, y después de una larga

lucha conmigo misma, le dije a usted que sí debajo

de este árbol. Al día siguiente compré este anillo en

nombre de usted, y ésta es la pulsera que le prometí

no quitarme nunca.

ARCHIBALDO.- ¿Y fui yo quien se la dio a usted?.

Es muy bonita, ¿verdad?

CECILIA. - ¡Ah, si usted tiene muy buen gusto

Ernesto! Yo, es la excusa que siempre he dado a la

mala vida que llevaba usted. Y aquí está la caja en

que conservo todas sus cartas. (Se arrodilla en la silla,

abre la caja y enseña las cartas, atadas con un cinta azul.)

ARCHIBALDO.- ¿Mis cartas? ¡Pero mi adorada

Cecilia, si yo no le he escrito a usted ninguna carta.

CECILIA.- No necesita usted recordármelo, Ernesto.

De sobra sé que me las he tenido que escribir

yo misma. Tres veces por semana; sin contar las

extraordinarias.

ARCHIBALDO.- ¿Me deja usted que las lea, Cecilia?

O S C A R W I L D E

72

CECILIA. - ¡Imposible! Se volvería usted demasiado

vanidoso. (Volviendo a guardarlas en la caja.) Las

tres que me escribió usted después que reñimos son

tan hermosas, y con tal mala ortografía, que hoy

mismo no puedo leerlas sin llorar un poco.

ARCHIBALDO. - ¿Pero es que reñimos alguna

vez?

CECILIA. - Naturalmente. El 22 de marzo. Aquí

puede usted verlo, si quiere. (Enseñándole el diario.)

“Hoy, ruptura de relaciones con Ernesto. Comprendo

que es necesaria. El tiempo continúa hermosísimo.”

ARCHIBALDO. - Pero ¿por qué fue esa riña?

¿Qué había hecho yo? ¡Si yo no había dado el menor

motivo! La verdad, Cecilia, me disgusta en extremo

saber que reñimos. Sobre todo haciendo un

tiempo tan hermoso.

CECILIA.- ¿Usted no sabe que no puede haber relaciones

formales sin una riña, por lo menos? Pero

yo le perdoné a usted antes de acabar la semana.

ARCHIBALDO.- (Arrodillándose delante de CECILIA.)

¡Es usted un ángel, Cecilia!

CECILIA. - ¡Y usted, qué romántico, Ernesto!

(ARCHIBALDO le besa una mano. Ella le acaricia los

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

73

cabellos.) Supongo que este ondulado será natural,

¿verdad?

ARCHIBALDO.- Sí, amor mío; con una pequeña

ayuda ajena.

CECILIA. - ¡Cuánto me alegro!

ARCHIBALDO. - ¿Verdad que no volverá usted a

romper nuestras relaciones, Cecilia?

CECILIA.- ¿A qué santo, ahora que nos hemos

conocido?... Además, hay que tener en cuenta el

nombre...

ARCHIBALDO.- ¿El nombre?

CECILIA.- No se ría usted de mí; pero el caso es

que siempre fue mi sueño dorado tener un novio

que se llamase Ernesto. (ARCHIBALDO se pone de

pie.) No sé qué tiene este nombre, que me fascina.

Todos los demás, a su lado, me parecen feos. Compadezco

a las infelices cuyos maridos no se llaman

Ernesto.

ARCHIBALDO. - Pero, querida Cecilia, ¿no querrá

usted decir que no podría quererme si me llamas

de otro modo?

CECILIA.- ¿Cómo? ¡A ver!

ARCHIBALDO. - ¡Qué sé yo!... Archibaldo, por

ejemplo...

CECILIA. - ¿Archibaldo? ¡Qué horror!

O S C A R W I L D E

74

Archibaldo. - Pues no sé, amor mío, qué tiene usted

que objetar al nombre de Archibaldo. Es un nombre

precioso, aristocrático, nada común. Sí, nada

común. Y suena un poco a tiempos pasados. ¡Archibaldo!...

Pero, en serio, Cecilia; si mi nombre fuera

Archibaldo, ¿no podría usted seguir

queriéndome?

CECILIA.- Podría respetarle a usted, Ernesto; podría

admirar su carácter; pero quererle..., la verdad,

creo que no me sería posible...

ARCHIBALDO. - ¡Jem! Cecilia (Cogiendo su sombrero),

el párroco de aquí, supongo que estará al corriente

de todas las prácticas y ceremonias de la

iglesia, ¿verdad?...

CECILIA.- ¡Oh, el reverendo Ascot es un verdadero

sabio! Figúrese que todavía no ha escrito ningún

libro.

ARCHIBALDO. - Necesito verle enseguida. Se

trata de un asunto importantísimo.

CECILIA.- ¿Sí?

ARCHIBALDO. - Dentro de media hora estoy de

vuelta.

CECILIA. - Teniendo en cuenta que somos novio

desde el 14 de febrero, y que acabo de conocerle no

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

75

me parece demasiado tiempo media hora. ¿No podría

usted reducirlo a veinte minutos?

ARCHIBALDO.- ¡Qué veinte minutos! ¡Vuelvo al

instante! (Da un beso a CECILIA Y se aleja corriendo

por el jardín.)

CECILIA. - ¡Qué impetuosidad! ¡Y qué pelo tan

bonito tiene! Voy a apuntar su declaración en mi

diario.

(Entra ANSELMO.)

ANSELMO.- Miss Bracknell pregunta por míster

Gresford. Se trata de una cuestión de suma importancia,

según parece.

CECILIA.- ¿No está míster Gresford en la biblioteca?

ANSELMO.- El señor salió hace un rato en dirección

a la parroquia.

CECILIA. - Diga usted a esa señorita que pase

aquí. Seguramente el señor no tardará en volver. Y

sirva usted el té. (ANSELMO saluda y vase.) ¡Miss

Bracknell! Sin duda una de esas señoras ancianas de

Londres que se ocupan con el tío Juan en obras filantrópicas.

O S C A R W I L D E

76

(Entra ANSELMO.)

ANSELMO. - ¡Miss Bracknell!

(Entra SUSANA. Sale ANSELMO.)

CECILIA.- (Adelantándose hacia ella.) Permítame

usted que me presente yo misma: Cecilia Morris.

SUSANA. - ¿Cecilia Morris? (Ambas se dan un apretón

de manos.) ¡Un nombre precioso! Presiento que

vamos a ser grandes amigas. Me es usted extraordinariamente

simpática. Yo nunca me engaño en

mis primeras impresiones.

CECILIA.- Es usted muy amable en tenerme esa

simpatía que dice, dado el poco tiempo, relativamente,

que nos conocemos. Tenga usted la bondad

de sentarse.

SUSANA.- (Aún en pie.) ¿No tiene usted inconveniente

en que la llame Cecilia, verdad?

CECILIA. ¡Encantada!

SUSANA.- ¿Y usted me llamará siempre Susana no

es cierto?

CECILIA.- Si usted quiere...

SUSANA. - Entonces, todo está ya arreglado, ¿no

es eso?

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

77

CECILIA.- Así parece. (Una pausa. Siéntanse a ambas,

una junto a la otra.)

SUSANA.- Quizá sea éste el momento de explicarle

quién soy. Mi padre es lord Bracknell. Supongo

que usted no habrá oído hablar nunca de él,

¿verdad?

CECILIA.- No creo...

SUSANA.- Fuera de la familia, papá es poco conocido.

¡Afortunadamente! El hogar es la verdadera

esfera del hombre, ¿no le parece a usted?... Cecilia,

mamá, que tiene respecto a educación ideas muy

severas, me ha enseñado a ser sumamente corta de

vista. Esto forma parte de su sistema. ¿Le molestaría

a usted que la mirase con mis impertinentes?

CECILIA.- ¡Oh, en absoluto, Susana! A mí me

agrada mucho que me miren.

SUSANA. - (Después de examinar atentamente a

CECILIA con sus impertinentes.) Y qué, ¿ha venido

usted aquí de visita, no es eso?

CECILIA.- No. Vivo aquí.

SUSANA. - (Con cierta severidad.) ¿De veras? Sin duda

a su madre, o alguna parienta de edad, reside

también aquí...

CECILIA. - ¡Oh, no! No tengo padre; ni, en realidad,

ningún pariente.

O S C A R W I L D E

78

SUSANA.- ¿Es posible?

CECILIA.- Mi querido tutor, con ayuda de mis

Prism, es quien se ocupa de mí.

SUSANA. - ¿Su tutor?

CECILIA.- Sí, Mi tutor: míster Gresford.

SUSANA.- ¡Ah!, es raro que no haya dicho nunca

que tenía una pupila. ¡Qué reservado! Por momentos

se hace más interesante. Sin embargo, no creo

que la noticia me regocije demasiado. (Poniéndose en

pie y acercándose más a ella.) Mi querida Cecilia: me es

usted extraordinariamente simpática; me lo fue usted

desde el primer momento; pero debo confesar

que ahora que sé que es usted pupila de míster

Gresford, no me desagradaría que fuese usted un

poco menos joven... y de apariencia menos atractiva.

Realmente, si puedo expresarme con franqueza...

CECILIA.- ¡No faltaba más! Siempre que se tiene

algo desagradable que decir, debe uno hablar con

franqueza.

SUSANA.- Bueno; pues para hablar con toda franqueza,

Cecilia, no me desagradaría que tuviese usted

cuarenta y dos cumplidos, y fuera más fea de lo que

se suele ser a esa edad. Ernesto tiene un espíritu

muy recto. Es la verdad y el honor personificados.

La infidelidad le sería tan imposible como la desiluL

A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

79

sión. Pero hasta los caracteres más nobles y honrados

son sensibles a los encantos físicos. La historia

moderna, lo mismo que la antigua, nos ofrece una

porción de lamentables ejemplos de lo que digo.

Como que si no fuera así, la Historia resultaría

completamente ilegible.

CECILIA.- Usted perdone, Susana. ¿Dijo usted Ernesto?

SUSANA. Sí.

CECILIA. ¡Ah!; pero mi tutor no es míster Ernesto

Gresford, sino su hermano..., su hermano mayor.

SUSANA. - (Sentándose de nuevo.) ¡Ernesto nunca me

ha dicho que tuviera hermano!

CECILIA.- Siento decir que durante mucho tiempo

no han estado en buenas relaciones.

SUSANA. - ¡Ah, eso lo explica todo! Me ha quitado

usted un peso de encima, Cecilia. Estaba ya

preocupada. Hubiera sido terrible que una amistad

como la nuestra se empañase, ¿verdad?... Entonces....

¿está usted segura, completamente segura, de

que su tutor no es míster Ernesto Gresford?

CECILIA. ¡Segurísima! (Una pausa.) Como que más

bien me parece que voy a ser yo su tutora.

SUSANA.- ¿Cómo ha dicho usted?

O S C A R W I L D E

80

CECILIA. - (Un tanto tímida y confidencialmente) Mi

querida Susana: yo no quiero tener secretos para

usted. Seguramente el periódico de la localidad dé la

noticia uno de estos días. Míster Ernesto Gresford y

yo somos novios y nos casaremos muy en breve.

SUSANA. - (Muy cortésmente, levantándose.) querida

Cecilia: aquí debe de haber algún pequeño error.

Míster Gresford ha pedido mi mano. La noticia aparecerá

en el Morning Post del sábado, a más tardar.

CECILIA. – (Levantándose también, y también con gran

cortesía.) Temo que esté usted equivocada, Susana.

Ernesto se me ha declarado hace diez minutos justos.

(Enseña el diario.)

SUSANA.- (Examina con atención el diario a través de

sus impertinentes.) No cabe duda que es curioso. Ayer

tarde, a las cinco y media en punto, me preguntó a

mí si quería ser su mujer. Si quiere usted asegurarse

del hecho, puede examinar mi diario (Sacándolo de su

bolso de mano.) Siempre viajo con él. Para leer en el

tren hacen falta cosas muy emocionantes. Lo siento

mucho, querida Cecilia, si es que supone para usted

algún disgusto; pero como usted ve, mi derecho es

anterior.

CECILIA. - También a mí me apenaría infinito

querida Susana, causarle algún trastorno físico o

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

81

moral; pero me veo obligada a observar que desde

que Ernesto se declaró a usted, pudo muy bien haber

cambiado de idea.

SUSANA.- (Con aire reflexivo.) Si el pobre se dejado

coger en la trampa de una promesa, hecha inconsideradamente,

mi deber es sacarle de ella con mano

firme.

CECILIA.- (Pensativa y melancólicamente.) Sea cuales

sean los disparates que el desdichado haya podido

cometer antes, yo nunca se los echaré en cara después

de casados.

SUSANA.- ¿Se refiere a mí en eso de disparates,

miss Morris? La encuentro a usted muy atrevida. En

una ocasión como ésta es más que un deber decir lo

que se piensa; es un gusto.

CECILIA. - ¿Quiere usted decir que yo he cogido

en una trampa a Ernesto, miss Bracknell? ¿Cómo es

posible que se atreva usted?... Sí; no es éste el momento

de andarse con miramientos. Yo acostumbro

a llamar a las cosas por su nombre.

SUSANA. - (Sarcásticamente.) ¿Ah, sí? No cabe duda

que pertenecemos a esferas sociales muy distintas.

(Entra ANSELMO, seguido de otro criado, con una bandeja,

un mantel y velador. CECILIA está a punto de contestar

a SUSANA; pero la presencia de los domésticos ejerce

O S C A R W I L D E

82

una influencia moderadora, que hace palidecer de rabia a

ambas muchachas.)

ANSELMO.- ¿Se sirve el té como de costumbre,

señorita?

CECILIA.- (Secamente, con voz reposada.) Sí, como de

costumbre. (ANSELMO empieza a desembarazar la

mesa para poner el mantel. Pausa larga. CECILIA y

SUSANA se dirigen una a otra miradas iracundas.)

SUSANA.- ¿Hay muchas excursiones bonitas por

estos alrededores, miss Morris?

CECILIA.- ¡Muchísimas! Desde arriba de uno de

los montes se pueden ver cinco provincias.

SUSANA. - ¿Cinco provincias? ¡Qué horror! Detesto

las multitudes.

CECILIA. - (Dulcemente.) Por eso, sin duda, vive

usted en Londres. (SUSANA Se muerde los labios y se

da unos golpecitos en el pie con la sombrilla.)

SUSANA. - (Mirando en torno suyo.) ¡Qué jardín tan

bien cuidado, miss Morris!

CECILIA.- ¿Usted encuentra?...

SUSANA.- No tenía idea de que hubiese flores en

el campo.

CECILIA. - ¡Oh! Las flores son aquí tan corriente

como la gente en Londres... ¿Quiere usted una taza

de té, miss Bracknell?

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

83

SUSANA. - (Con una finura exagerada.) ¡Mucha gracias!

(Aparte.) ¡Odiosa muchacha! ¡Pero me muero

de debilidad!

CECILIA. - (Con mucha dulzura.) ¿Azúcar?

SUSANA. - (Con cierta superioridad.) No, gracias el

azúcar no está ya de moda. (CECILIA le dirige una

mirada de ira, coge las pinzas y pone cuatro terrones de azúcar

en la taza.)

CECILIA.- (Secamente.) ¿Cake, o pan con mantequilla?

SUSANA. - (Como asombrada de la pregunta.) Pan con

mantequilla, si usted gusta. El cake no se ve ya en

ninguna casa elegante.

CECILIA.- (Cortando una rebanada de cake y poniéndola

en el plato de SUSANA. A ANSELMO.) Pase usted

esto a miss Bracknell. (ANSELMO lo hace y se retira,

seguido del otro criado. SUSANA prueba el té y hace una

mueca. Deja inmediatamente la taza sobre la mesa y extiende

la mano en busca del pan con mantequilla; pero se encuentra

con que es cake. Levántase toda indignada.)

SUSANA.- Me ha llenado usted la taza de terrones

de azúcar y, a pesar de haber pedido, sin que hubiera

lugar a dudas, pan con mantequilla, me ha servido

usted cake. Todo el mundo conoce mi buen

O S C A R W I L D E

84

carácter y mi paciencia; pero le advierto, miss Morris,

que va usted demasiado lejos.

CECILIA. - (Levantándose.) Por salvar a mi pobre

Ernesto, tan confiado y tan inocente, de las maquinaciones

de otra muchacha, me siento capaz de ir

todo lo lejos que sea preciso.

SUSANA.- Desde el primer momento desconfié de

usted. Presentí lo enredadora y lo intrigante que es

usted. ¡Ah, yo nunca me engaño en mis primeras

impresiones!

CECILIA.- Me parece, miss Bracknell, que le estoy

robando un tiempo precioso. Sin duda tiene usted

otras muchas visitas del mismo género que hacer en

la vecindad. (Entra GRESFORD.)

SUSANA.- (Al verle.) ¡Ernesto! ¡Mi Ernesto!

GRESFORD.- ¡Susana! ¡Amor mío! (Se dispone a

besarla.)

SUSANA.- (Dando un paso atrás.) ¡Un momento!

¿Puedo preguntarle a usted si es verdad que tiene

relaciones con esta señorita? (Señalando a CECILIA.)

GRESFORD.- (Echándose a reír.) ¿Con Cecilia?

¡Qué he de tener! ¿Quién puede haberle metido a

usted esa idea en su preciosa cabecita?

SUSANA.- ¡Gracias! Ya puede usted besar. (Ofreciéndole

la mejilla.)

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

85

CECILIA.- Ya suponía yo que estaba usted equivocada,

miss Bracknell. El caballero que en este momento

la tiene a usted cogida del talle es mi querido

tutor, míster Juan Gresford.

SUSANA.- ¿Cómo ha dicho usted?

CECILIA.- Que es el tío Juan.

SUSANA. - (Retrocediendo.) ¡Juan! ¡Oh!

(Entra ARCHIBALDO.)

ARCHIBALDO. - (Yendo derecho hacia CECILIA,

Sin reparar en los demás.) ¡Amor mío! (Pretende darte un

beso.)

CECILIA.- (Dando un paso atrás.) ¡Un momento,

Ernesto! ¿Puedo preguntarle a usted si es verdad

que tiene relaciones con esta señorita?

ARCHIBALDO.- (Mirando a su alrededor.) ¿Qué señorita?

¡Santo cielo! ¡Susana!

CECILIA.- Sí. sí; a Susana me refiero.

ARCHIBALDO.- (Echándose a reír.) ¡Qué he tener!

¿Quién puede haberle metido a usted esa idea en su

preciosa cabecita?

CECILIA.- (Presentándole la mejilla.) Ya puede usted

besar. (ARCHIBALDO la besa.)

O S C A R W I L D E

86

SUSANA.- Ya sabía yo que debía haber algún

error. Miss Morris, el caballero que en este momento

la besa a usted es mi primo Archibaldo

Moncrieff.

CECILIA. - (Separándose bruscamente de

ARCHIBALDO.) ¡Archibaldo! ¡Oh! (Ambas muchachas

se dirigen una hacia la otra, y cógense del talle como

buscando protección.) ¿Se llama Archibaldo?

ARCHIBALDO.- No puedo negarlo.

CECILIA. - ¡Oh!

SUSANA.- Y usted, ¿se llama Juan de verdad?

GRESFORD.- (Irguiéndose con cierta altivez.) podría

negarlo si quisiera. Yo me siento capaz de negarlo

todo. Pero reconozco que me llamo Juan, que Juan

me he llamado durante una porción años.

CECILIA.- (A SUSANA.) ¡A ambas nos han engañado

miserablemente!

SUSANA. - ¡Mi pobre Cecilia!

CECILIA. - ¡Mi desventurada Susana!

SUSANA.- (Despacio y con mucha gravedad) ¿Me considerará

usted como una hermana, verdad (Abrázanse

ambas. GRESFORD y ARCHIBALDO pasean de

arriba abajo, murmurando entre dientes.)

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

87

CECILIA. - (Como si acabara de ocurrírsele una idea.)

Pero se me ocurre una pregunta, que desearía hacer

a mi tutor si éste me lo permite.

SUSANA. - La adivino. ¡Excelente idea! Míster

Gresford, le agradeceríamos a usted se sirviera

contestar a una pregunta. ¿Dónde está su hermano

Ernesto? Ambas hemos dado palabra de casamiento

a su hermano; así que nos interesa saber dónde se

encuentra actualmente su hermano Ernesto.

GRESFORD. - (Lentamente y con tono inseguro.) Susana...

Cecilia... Es muy duro verme obligado a decir

la verdad. Es la primera vez en mi vida que me he

visto en un trance tan penoso y, realmente, me falta

práctica. No obstante, les diré a ustedes con toda

sinceridad que no tengo ningún hermano Ernesto,

que no tengo ningún hermano, y que no tengo la

menor intención de tenerlo en lo futuro.

CECILIA.- (Asombrada.) ¿Ningún hermano?

GRESFORD. - (Alegremente.) Ninguno.

SUSANA.- Veo, Cecilia, que ni usted ni yo hemos

dado palabra de casamiento a nadie.

CECILIA.- ¡Qué situación tan poco agradable para

una muchacha, Susana!

SUSANA.- Vamos adentro. No creo que tengan la

audacia de seguirnos.

O S C A R W I L D E

88

CECILIA. - ¡Qué han de tener! Los hombres son

todos unos cobardes, ¿no? (Entran ambas en la casa

con aire desdeñoso.)

GRESFORD.- ¿Y esto es, sin duda, lo que tú llamas

bunburyzar?

ARCHIBALDO.- Sí, señor. Y bunburyzar por todo

lo alto. Como que estoy por decirte que ha sido

la más brillante de mis excursiones bunburystas.

GRESFORD.- ¡Pero aquí me parece que no tienes

el menor derecho a bunburyzar!

ARCHIBALDO.- Eso es un absurdo. Uno tiene

derecho a bunburyzar donde le da la gana. Todo

verdadero bunburysta lo sabe.

GRESFORD. - Bueno; la única pequeña satisfacción

que me queda de todo este lío en que nos has

metido es que tu amigo Bunbury ha quebrado. ¡Ya

no podrás hacer más escapatorias al campo, hijo

mío!

ARCHIBALDO. - Pues me parece que tu hermano

tampoco está muy lucido, ¿eh? ¡Ya no podrás marcharte

a Londres de bureo con tanta frecuencia!

GRESFORD.- Por lo que respecta a tu conducta

con miss Morris, debo decirte que me parece indigno

abusar de ese modo de una muchacha inocente,

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

89

sencilla y candorosa. Eso, sin contar que es mí pupila.

ARCHIBALDO.- Yo tampoco veo excusa que

justifique el que hayas engañado a una muchacha

tan inteligente, tan instruida y con tanta experiencia

de la vida como miss Bracknell. Eso, sin contar que

es mi prima.

GRESFORD.- Yo quería casarme con Susana. ¡La

amo!

ARCHIBALDO. – Como yo me quería casar con

Cecilia. ¡La adoro!

GRESFORD.- No creo que haya la menor probabilidad

de que te cases con miss Morris.

ARCHIBALDO. – Como yo veo sumamente problemático

tu casamiento con miss Bracknell.

GRESFORD.- ¡Bueno; eso a ti no te importa!

ARCHIBALDO.- Si me importara no hablaría de

ello. (Empieza a comer pastelitos de crema de un plato que

hay sobre la mesa.)

GRESIPORD.- No comprendo cómo, después de

lo ocurrido, puedes estar ahí, tan satisfecho, comiendo

tranquilamente pasteles. ¡Cuando te digo

que eres un pedrusco!

ARCHIBALDO. - Hijo mío, los pastelitos de crema

no pueden comerse con agitación. Correría el

O S C A R W I L D E

90

riesgo de mancharme de crema los puños. Los pasteles

se deben comer siempre con tranquilidad. Te

aseguro que no hay otro modo de comerlos.

GRESFORD. - Quiero decir que se necesita no

tener corazón para ponerse a comer pasteles en estas

circunstancias.

ARCHIBALDO. - Cuando estoy afligido, lo único

que me consuela es comer. Sí; todo el mundo que

me conozca íntimamente podrá decirte que cuando

tengo algún disgusto grande, me niego a todo, menos

a comer y beber. Ahora me he puesto a comer

estos pastelillos de crema porque me siento triste.

Además, estos pastelillos están riquísimos. (Pónese en

pie.)

GRESFORD. - (Poniéndose también en pie.) Pero eso

no es una razón para que te los comas todos.

(Quitándole a ARCHIBALDO el plato de pastelillos.)

ARCHIBALDO.- (Ofreciéndole el plato de plumcake.)

Aquí tienes tú el cake. A mí no me gusta el cake.

GRESFORD. - ¿Pero es que no va uno a poder

comer pasteles en su propia casa?

ARCHIBALDO.- ¿Pero no decías tú que se necesitaba

no tener corazón para ponerse a comer pasteles

en estas circunstancias? (Vuelve a apoderarse del

plato de pastelillos.)

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

91

GRESFORD.- Pero ¿cuándo demonios acabarás

de irte ?

ARCHIBALDO.- No tendrás la pretensión de que

me vaya sin cenar. Sería absurdo. Yo nunca me voy

sin cenar. Ni nadie; como no sea un vegetariano.

Además, que a las cinco y media tengo que ir a la

parroquia a que me bauticen con el nombre de Ernesto.

Ya he hablado con el reverendo Ascot.

GRESFORD.- Hijo mío, cuanto antes desistas de

ese disparate, mejor. Esta mañana he quedado con

el reverendo Ascot en ir a bautizarme a las cinco, y

como es natural, me impondrán el nombre de Ernesto.

¡Susana se empeña! Y ya comprenderás que

no nos van a poner a los dos el nombre de Ernesto.

Sería absurdo. Sin contar con que yo estoy en mi

perfecto derecho al bautizarme. No hay la menor

seguridad de que me haya bautizado nunca. Es más:

yo casi tengo la certidumbre de lo contrario; y el

reverendo Ascot opina como yo. Tu caso es muy

distinto. A ti te han bautizado.

ARCHIBALDO.- Sí, pero hace muchos años que

no me bautizo. GRESFORD.- ¿Y qué tiene que

ver? El caso es que tú ya estás bautizado; y eso es lo

esencial.

O S C A R W I L D E

92

ARCHIBALDO.- De acuerdo. Por eso sé que mi

naturaleza puede soportarlo. Tú, si no estás completamente

seguro de haber sido bautizado alguna

vez harías bien en no aventurarte a hacerlo ahora.

Sería casi una imprudencia, y podría sentarte mal.

No debes olvidar que esta misma semana un pariente

tuyo muy cercano ha estado a punto de morirse

de una pulmonía fulminante en París.

GRESFORD.- Sí; pero tú mismo me dijiste que la

pulmonías fulminantes no son hereditarias.

ARCHIBALDO.- No lo eran antes. Pero ahora me

atrevo a asegurar que lo son. La ciencia progresa de

un modo maravilloso.

GRESFORD. - (Cogiendo el plato de los pastelillos.)

¡Otro disparate! ¡No dices más que disparates!

ARCHIBALDO. - ¿Otra vez los pastelillos? Tenga

la bondad de dejarlos en paz. No quedan más que

dos (Se apodera de ellos.) Ya te dije que estaban riquísimos

y que los pastelillos de crema son mi flaco.

GRESFORD. - ¡Sí, pero a mí no me gusta el cake!

ARCHIBALDO. - Pues entonces, ¿por qué demonio

permites que sirvan cake a tus invitados? ¡Qué

idea tan singular de la hospitalidad!

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

93

GRESFORD.- ¡Archibaldo! Ya te he dicho que te

vayas. No quiero que estés aquí un minuto más

¿Cuándo acabarás por irte?

ARCHIBALDO.- ¡Pero si aún no he acabado d

tomar el té! Además, todavía quedan dos pastelillos

(JUAN se deja caer, gimiendo, en un sillón.

ARCHIBALDO continúa comiendo.)

O S C A R W I L D E

94

A C T O T E R C E R O

Gabinete en la casa de campo de Gresford. Susana y

Cecilia junto a la ventana, mirando el jardín.

SUSANA.- El hecho de no habernos seguido inmediatamente,

como hubiese hecho cualquiera,

prueba que todavía les queda cierto sentido del pudor.

CECILIA.- Han estado tomando el té. Eso ya parece

un síntoma de arrepentimiento.

SUSANA. – (Después de un momento de silencio.) Parece

como si no se acordasen ya de nosotras. ¿No podría

usted toser un poco?

CECILIA. - ¡Pero si no estoy acatarrada!

SUSANA. - ¡Nos miran! ¡Habráse visto desvergüenza!

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

95

CECILIA.- Vienen hacia aquí. ¡Qué atrevimiento!

SUSANA. - Guardemos un silencio lleno de dignidad.

CECILIA. - Naturalmente. Es lo mejor que podemos

hacer.

(Entra GRESFORD, seguido de ARCHIBALDO. -

Ambos vienen tarareando un aire de opereta.)

SUSANA.- Este silencio lleno de dignidad no parece

surtir un buen efecto.

CECILIA. - Pésimo.

SUSANA. - Pero no seremos las primeras en hablar.

CECILIA. - Claro que no.

SUSANA.- Míster Gresford, tengo algo que preguntarle

a usted. De lo que usted me conteste depende

muchas cosas.

CECILIA. - ¡Qué inteligente es usted, Susana!

Míster Moncrieff, tenga usted la bondad de contestarme

a una pregunta. ¿Por qué causa quiso usted

hacerse pasar por hermano de mi tutor?

ARCHIBALDO. - Pues por tener ocasión de conocerla

a usted.

O S C A R W I L D E

96

CECILIA.- (A SUSANA.) La explicación parece

satisfactoria, ¿verdad?

SUSANA. - Sí, querida; si puede usted darle crédito.

CECILIA.- ¡Qué he de darle! Pero eso no disminuye

lo admirable de su respuesta.

SUSANA.- Cierto. En cuestiones de esta importancia,

el estilo y no la sinceridad es lo esencial.

Míster Gresford, ¿qué explicación puede usted darme

de la existencia de ese supuesto hermano? ¿Lo

inventó usted por tener ocasión de venir a verme a

Londres con más frecuencia?

GRESFORD. - ¿Puede usted dudarlo, Susana?

SUSANA. - ¡Hum! Tengo mis dudas. Pero espero

disiparlas. No es éste momento para escepticismo

(Dirigiéndose hacia CECILIA.) Sus explicaciones parecen

realmente satisfactorias, sobre todo la de

míster Gresford, ¿verdad, Cecilia?

CECILIA.- Yo me siento más satisfecha con lo que

me dijo míster Moncrieff. ¡Sólo su voz inspira ya

una confianza absoluta!

SUSANA. - Entonces, ¿cree usted que debemos

perdonarles?

CECILIA.- Sí, no veo inconveniente.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

97

SUSANA.- ¿De veras? Yo ya he perdonado. Claro

que hay que participárselo con mucho tacto. ¿Cuál

de las dos le parece a usted que lleve la voz cantante?

La comisión tiene poco de agradable.

CECILIA.- ¿No podríamos hablar las dos a la vez?.

SUSANA. - ¡Excelente idea! Yo casi siempre hablo

al mismo tiempo que los demás. Bueno; yo daré la

entrada.

CECILIA. - ¡Muy bien! (SUSANA lleva el compás con

el dedo.)

SUSANA Y CECILIA. - (Hablando a una.) Los

nombres de pila de ustedes continúan siendo una

barrera infranqueable. ¡Eso es todo!

GRESFORD Y ARCHIBALDO. - (Hablando a

una.) ¿Nuestros nombres de pila? ¡Pero si nos van a

bautizar esta tarde!

SUSANA.- (A GRESFORD.) ¿Y va usted a hacer

por mí esa cosa terrible?

GRESFORD.- Voy.

CECILIA.- (A ARCHIBALDO.) Para complacerme,

¿está usted decidido a sufrir tan tremenda prueba?

ARCHIBALDO.- Estoy.

SUSANA.- Ahora comprendo lo absurdo que es

hablar de la igualdad de los sexos. Tratándose de

O S C A R W I L D E

98

sacrificios, los hombres nos son infinitamente superiores.

GRESFORD.- Lo somos. (ARCHIBALDO y él se

dan un apretón de manos.)

CECILIA.- Tienen momentos de valor físico que

nosotras, las mujeres, desconocemos.

SUSANA. - (A GRESFORD.) ¡Amor mío!

ARCHIBALDO.- (A CECILIA.) ¡Amor mío! (Caen

unos en brazos de otros. Entra ANSELMO. Al entrar y

ver la situación, tose fuerte.)

ANSELMO. - ¡Jem! ¡Jem! ¡Lady Bracknell!

GRESFORD. - ¡Santo cielo!

(Entra LADY BRACICNELL, separándose asustadas

las parejas. Sale ANSELMO.)

LADY BRACKNELL.- ¡Susana! ¿Qué significa

esto?

SUSANA.- Pues, simplemente, que míster Gresford

y yo nos hemos dado palabra de casamiento,

mamá.

LADY BRACRNELL.- Ven aquí. Siéntate. ¡Siéntate

Inmediatamente! (Volviéndose hacia

GRESFORD.) Caballero: en cuanto supe la fuga

súbita de mi hija por su doncella de confianza, cuya

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

99

confianza compré con un puñado de calderilla, me

lancé en su persecución, y no vacilé en tomar un

tren de mercancías. Su pobre padre no sabe nada,

afortunadamente; me propongo no sacarle de su

ignorancia. Realmente yo nunca le he sacado de

ninguna de sus ignorancias; y no hay motivo ahora

para hacer una excepción. Pero no creo necesario

decirle a usted que estoy decidida, absolutamente

decidida, a que desde este momento quede cortada

toda relación entre usted y mi hija.

GRESFORD. - ¡He dado palabra de casamiento a

Susana, lady Bracknell!

LADY BRACKNELL. - ¡COMO si no la hubiera

dado!. Ahora, por lo que respecta a Archibaldo. ¡Archibaldo!

ARCHIBALDO.- ¿Qué, tía Augusta?

LADY BRACKNELL. - ¿Puedo preguntarte si es

aquí donde vive tu desdichado amigo míster Bunbury?

ARCHIBALDO.- (Tartamudeando.) ¡Oh ¡Oh! Bunbury

no vive aquí. ¡Qué ha de vivir! En realidad

Bunbury ha muerto.

LADY BRACKNELL. - ¿Muerto? ¿Y cuándo murió

míster Bunbury? Su muerte debió de ser extraordinariamente

repentina.

O S C A R W I L D E

100

ARCHIBALDO. - (Distraídamente.) ¡Oh, le maté

esta misma tarde! Es decir, se murió esta misma tarde.

¡Pobre Bunbury!

LADY BRACKNELL.- ¿Y de qué murió?

ARCHIBALDO.- ¿Bunbury? ¡Oh, reventó!

LADY BRACKNELL. - ¿Reventó? ¿Es que ha

sido víctima de algún atentado revolucionario? No

sabía que míster Bunbury se ocupase de cuestiones

sociales. En ese caso, bien castigado está.

ARCHIBALDO. - Querida tía Augusta, lo que quise

decir es que le desenmascararon. Los médicos

dictaminaron que Bunbury no podía vivir.... Bunbury

se murió.

LADY BRACKNELL.- Me parece que ha pecado

de exceso de confianza en la opinión de los médicos.

Pero, en fin, menos mal que tuvo un rasgo de

firmeza y se decidió a acabar con todas aquellas indecisiones,

siguiendo una orden facultativa. Bueno;

y ahora que ya estamos libres de ese míster Bunbury,

¿quiere usted decirme, míster Gresford, quién es

esa personita cuya mano conserva entre las suyas mi

sobrino Archibaldo, a mi juicio innecesariamente?

GRESFORD.- Esta señorita es miss Cecilia Morris,

mi pupila. (LADY BRACKNELL le hace una inclinación

de cabeza bastante fría.)

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

101

ARCHIBALDO.- He dado la palabra de casamiento

a Cecilia, tía Augusta.

LADY BRACKNELL. - (Se estremece, y dirigiéndose

hacia el sofá, se sienta en él.) No sé qué tiene el aire de

esta comarca; pero me parece que el número de las

palabras de casamiento excede del que señalan las

estadísticas. Sin embargo, no estará de más un pequeño

interrogatorio. ¿Quiere usted suministrarme

algunos datos sobre esta señorita, míster Gresford ?

GRESFORD.- (Con voz clara y fría.) Miss Morris es

nieta del difunto míster Thomas Morris, domiciliado

en Londres, plaza del Belgrave, 149, propietario

y rentista.

LADY BRACKNELL.- ¡Ah! ¿Sí? ¿Y qué más?

GRESFORD.- (Ya con cierta irritación.) Y tengo en

mi poder, a la disposición de usted, sus certificados

de nacimiento, bautizo, tos ferina, inscripción lo en

el Registro Civil, vacuna, confirmación y escarlatina.

LADY BRACKNELL.- ¡Ah! Una vida muy accidentada,

según veo. Demasiado para una muchacha

tan joven. Yo no soy partidaria de las experiencias

prematuras. (Se levanta y mira la hora de su reloj.) Susana,

se acerca la hora del tren. No podemos perder

un minuto. Y aunque sea pura fórmula, míster

O S C A R W I L D E

102

Gresford, ¿puede usted decirme si miss Morris tiene

alguna fortuna?

GRESFORD.- ¡Oh, unas ciento treinta mil libra

esterlinas en papel del Estado! Nada más. Buena

tardes, lady Bracknell. Encantado de haberla visto.

LADY BRACKNELL.- (Sentándose de nuevo.) U

momento, míster Gresford. ¡Ciento treinta mi libras!

¡Y en papel del Estado! Ahora que la veo mejor,

miss Morris me parece una muchacha muy

interesante. Pocas son hoy las muchachas que tiene

cualidades realmente sólidas, de esas cualidades que

duran y hasta se mejoran con el tiempo. ¡Ay!, vivimos

en una época en que todo es superficial. (A

CECILIA.) ¡Acérquese usted, querida! (CECILIA se

acerca.) ¡Preciosa! Pero se viste usted con una sencillez

deplorable, y su pelo parece tal como lo dejó la

naturaleza. Claro que esto es “peccata minuta”, y

puede arreglarse pronto. Una buena doncella hace

milagros en poquísimo tiempo. Me acuerdo de haber

recomendado una a lady Lancing, tan extraordinaria,

que a cabo de tres meses ni su mismo marido

la conocía.

GRESFORD. - Y a los seis no la conocía nadie.

LADY BRACKNELL.- (Lanza una mirada colérica

GRESFORD. Luego se inclina, con una sonrisa bien estuL

A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

103

diada, hacia CECILIA.) Tenga usted la bondad de

volverse, hija mía. (CECILIA da una vuelta completa

hasta quedar de espaldas a ella.) No, no, de lado nada

más. (CECILIA da media vuelta.) Perfectamente; es lo

que yo esperaba. Hay muchas posibilidades mundanas

en el perfil de usted. Los dos puntos flacos de

nuestra época son su falta de principios y su falta de

perfil. La barbilla un poco más alta, querida. La distinción

depende en gran parte de la manera de llevar

la barbilla. Hoy día se llevan muy altas. ¡Archibaldo!

ARCHIBALDO.- ¿Qué, tía Augusta?

LADY BRACKNIELL. - Hay muchas posibilidades

mundanas en el perfil de miss Morris.

ARCHIBALDO. - Cecilia es la muchacha más

buena y más bonita del mundo entero, y esas posibilidades

mundanas me importan un bledo, tía Augusta.

LADY BRACKNELL. - ¡Ay!, no vayas a hablar

mal ahora de la sociedad, Archibaldo. Eso no lo

hace más que la gente que no tiene acceso a ella. (A

CECILIA.) Supongo, hija mía, que sabrá que Archibaldo

no cuenta más que con sus deudas. Pero

yo no apruebo los matrimonios por interés. Cuando

me casé con lord Bracknell, yo no llevaba un céntimo.

Pero ni por un instante se me ocurrió que esto

O S C A R W I L D E

104

pudiera ser un obstáculo. Bueno; en vista de todo

ello me parece que debo dar mi consentimiento.

ARCHIBALDO. - Gracias, tía Augusta.

LADY BRACKNELL. - Cecilia, puede usted darme

un beso.

CECILIA.- (Besando a LADY BRACKNELL.)

Gracias, lady Bracknell.

LADY BRACKNELL. - Puede usted también llamarme

tía Augusta de aquí en adelante.

CECILIA. - Gracias, tía Augusta.

LADY BRACKNELL.- La boda, opino que cuanto

antes se celebre, mejor.

ARCHIBALDO. - Gracias, tía Augusta.

CECILIA. - Gracias, tía Augusta.

LADY BRACKNELL. - Hablando con franqueza:

yo no soy partidaria de las relaciones largas. Dan

ocasión a que los novios se conozcan demasiado

bien antes de casarse, cosa que nunca es prudente.

GRESFORD. - Usted dispense que la interrumpa,

lady Bracknell; pero no hay por qué hablar de casamiento.

Yo soy el tutor de miss Morris, y ésta no

puede casarse sin mi consentimiento hasta su mayor

edad. Y ese consentimiento me niego terminantemente

a darlo.

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

105

LADY BRACKNELL.- ¿Y por qué causa, si puede

saberse? Archibaldo es un partido extremadamente

aceptable. No tiene nada, pero aparenta mucho.

¿Qué más puede desearse?

GRESFORD. - Siento mucho tener que hablarle a

usted francamente de su sobrino, lady Bracknell;

pero el caso es que no me agrada lo más mínimo su

manera de ser. Tengo sospechas muy fundadas de

que es un impostor. (ARCHIBALDO Y CECILIA

le miran con indignación y asombro.)

LADY BRACKNELL. - ¿Impostor? ¿Mi sobrino

Archibaldo? ¡Imposible! ¡Si es un alumno de Oxford!

GRESFORD.- Temo que no haya lugar a dudas

respecto a ello. Esta tarde, aprovechando mi estancia

temporal en Londres, donde me reclamaba un

importante asunto sentimental, logró introducirse

en esta casa fingiendo ser mi hermano. Usando un

nombre supuesto, se bebió como acaba de comunicarme

mi mayordomo, una botella de mi “Chateu-

Laffite”, del 89; un vino que yo reservaba especialmente

para mí. Luego, por si fuera poco, consiguió

en su raid de esta tarde enajenarme el afecto de mi

única pupila. Y no contento con esto, se quedó a

tomar el té, y devoró todos los pastelillos de crema.

O S C A R W I L D E

106

Y lo que hace su conducta más odiosa es que él sabía

perfectamente, desde un comienzo que yo no

tengo ningún hermano, ni lo he tenido nunca, ni

pienso tenerlo. Ayer mismo, por la tarde, tuve el

gusto de declarárselo así.

LADY BRACKNELL.- ¡Jem!... Bueno, míster

Gresford; pensándolo bien, he decidido no tomar

en cuenta la conducta de mi sobrino con usted.

GRESFORD.- Es usted muy generosa, lady Bracknell;

pero mi decisión también es irrevocable. Me

niego a dar el consentimiento.

LADY BRACKNELL. - (A CECILIA.) Venga

usted aquí, hija mía. (CECILIA se aproxima.) ¿Qué

edad tiene usted?

CECILIA.- En realidad, tengo dieciocho años; pero

cuando voy a alguna reunión declaro veinte.

LADY BRACKNELL.- Hace usted muy bien en

hacer esa pequeña alteración. Por otra parte, una

mujer no debe decir nunca exactamente su edad.

Eso da siempre un aire de mujer calculadora... (Como

reflexionando para sí.) Dieciocho.... pero declarando

veinte en las reuniones... Bueno; no falta mucho

para que llegue a la mayor edad y se vea libre de las

trabas de la tutela. De manera que, al fin y al cabo,

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

107

el consentimiento de su tutor no es de importancia

capital.

GRESFORD.- Usted me dispensará, lady

Bracknell, si la interrumpo otra vez; pero me creo

en la obligación de prevenirle que, con arreglo al

testamento de su abuelo, miss Morris no será mayor

de edad, legalmente, hasta los treinta y cinco.

LADY BRACKNELL. - Tampoco me parece una

grave objeción. Treinta y cinco años es una edad

muy atractiva. La buena sociedad londinense está

llena de señoras distinguidísimas que, por su propia

voluntad, se han quedado en los treinta y cinco.

Lady Lumbleton, por ejemplo, que yo sepa, tiene

treinta y cinco desde que llegó a los cuarenta, hace

ya bastantes años. No veo razón alguna para que

Cecilia no esté todavía más atractiva que ahora, si

cabe, a la edad que usted dice. Y las rentas, mientras

tanto, habrán ido capitalizándose.

CECILIA. - Archibaldo, ¿podría usted esperarme

hasta que cumpliese los treinta y cinco?

CHIBALDO. - ¡Claro que sí, Cecilia! Bien lo sabe

usted.

CECILIA.- Sí, lo presentía. Pero a mí no me sería

posible esperar tanto tiempo. Me molesta muchísimo

esperar, aunque sólo sea cinco minutos. No saO

S C A R W I L D E

108

be usted del humor que me pongo; no es que yo sea

muy puntual muy puntual; pero me gusta la puntualidad

en los demás. Con que, tratándose de casamiento,

figúrese usted.

ARCHIBALDO.- ¿Qué hacemos entonces, Cecilia?

CECILIA.- No sé. Usted verá, míster Moncrieff.

LADY BRACKNELL.- Mí querido míster Gresford:

como miss Morris declara que no le sería posible

esperar hasta los treinta y cinco años,

declaración que, entre paréntesis, diré que me parece

mostrar un carácter bastante impaciente, le ruego

a usted que vuelva sobre su decisión y la revoque.

GRESFORD.- Mi querida lady Bracknell: de usted

depende todo. En el momento en que usted consienta

en mi boda con Susana, Yo tendré mucho

gusto en que su sobrino contraiga alianza con mi

pupila.

LADY BRACKNIELL. - (Levantándose y disponiéndose

a partir.) Ya comprenderá usted que su proposición

es completamente inadmisible.

GRESFORD. - ¡Entonces, un celibato apasionado

es a lo más que podemos aspirar los cuatro!

LADY BRACKNELL.- No es ése el destino que

yo espero para Susana. En cuanto a Archibaldo, allá

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

109

él. Que haga lo que mejor le parezca. (Saca el reloj.)

Vamos, querida. Ya hemos perdido lo menos cinco

trenes.

(Entra el reverendo ASCOT.)

ASCOT.- Todo está ya dispuesto para los bautizos.

LADY BRACKNELL. - ¿Para los bautizos? ¿No

será algo prematuro?

ASCOT.- Estos caballeros han expresado su deseo

de ser bautizados inmediatamente.

LADY BRACICNELL.- ¿A su edad? La ocurrencia

no puede ser más grotesca ni más impía. ¡Archibaldo,

te prohibo terminantemente que te bautices!

¡Que no vuelva yo a oír hablar de semejantes excesos!

Lord Bracknell tendría un disgusto si llegase a

enterarse de cómo pierdes el tiempo y el dinero.

ASCOT.- ¿Eso quiere decir que no hay bautizos

esta tarde?

GRESFORD.- No creo que, tal como están las

cosas, nos sirvan de mucho, mi reverendo.

ASCOT.- Me sorprende oírle decir a usted eso,

míster Gresford. ¿Irá usted a caer ahora en el error

de los anabaptistas? ¡Tenga usted mucho cuidado

con esos heréticos! Si usted quiere, le prestaré cuaO

S C A R W I L D E

110

tro de mis sermones inéditos en que refuto sus doctrinas

y las reduzco a la nada. Por lo pronto, y en

vista de que el espíritu de ustedes parece poco

atento, a la salud del alma, me volveré a la iglesia.

Precisamente acaba de decirme un acólito que hace

hora y media que está aguardándome miss Prism en

la sacristía.

LADY BRACKNELL.- ¿Miss Prism? ¿Ha dicho

usted miss Prism?

ASCOT.- Sí, señora. En su busca voy.

LADY BRACKNELL. - Permítame usted que le

detenga un instante. Se trata de una cuestión que

puede ser de la mayor importancia para mí y para

lord Bracknell. Esa miss Prism, ¿no es una mujer de

aspecto repelente, vagamente relacionada con la

enseñanza?

ASCOT. - (Con indignación contenida.) Miss Prism es

una dama cultísima y la imagen misma de la respetabilidad.

LADY BRACKNELL.- ¡Sí, sí, la misma, no me

cabe duda! ¿Y podría usted decirme qué... situación

ocupa en casa de usted?

ASCOT. - (Severamente.) ¡Señora, soy soltero!

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

111

GRESFORD. - (Interviniendo.) Miss Prism, lady

Bracknell, es, desde hace tres años, la institutriz y

compañera de miss Morris.

LADY BRACKNELL.- Bueno; a pesar de todo, es

preciso que yo la vea. Envíela usted a buscar enseguida.

ASCOT.- (Mirando por la ventana.) Justamente, aquí

viene.

(Entra MISS PRISM apresuradamente.)

MISS PRISM.- Me dijeron que me esperaba usted

en la sacristía, mi querido reverendo, y allí he estado

aguardándole una hora y tres cuartos. (En este momento

echa de ver a LADY BRACKNELL, clava en ella

una mirada fría como el mármol. MISS PRISM palidece y

está a punto de desmayarse. Mira en torno suyo anhelosamente,

como buscando salida.)

LADY BRACKNELL. - (Con voz severa y judicial.)

¡Prism! (MISS PRISM baja la cabeza anonadada.)

¡Venga usted aquí, Prism! (MISS PRISM se acerca humildemente.)

¡Prism! ¿Dónde está el niño? (Consternación

general. El reverendo ASCOT da un paso atrás,

estremecido de horror. ARCHIBALDO y GRESFORD

aparentan querer impedir que CECILIA y SUSANA

O S C A R W I L D E

112

oigan los detalles de algún terrible y escandaloso suceso.),

Hace veintiocho años, Prism, que salió usted de casa

de lord Bracknell, calle Grosvenor, número 104,

al cuidado de un cochecito de mano que contenía

un niño. ¡Salió usted, y no volvió a aparecer! Pocas

semanas más tarde, después de muchas indagaciones

y pesquisas de la policía, se descubrió el cochecito

abandonado en un rincón desierto de los

alrededores, y conteniendo el manuscrito de una

novela en tres tomos, de un sentimentalismo más

que repugnante. (MISS PRISM se estremece con una

voluntaria indignación.) Pero del niño, ¡ni rastro! (Todos

fijan la vista en MISS PRISM.) ¡Prism! ¿Dónde está el

niño? (Pausa.)

MISS PRISM.- ¡Lady Bracknell, tengo que confesar

que no lo sé! ¡Ojalá lo supiera! He aquí los hechos,

tal como ocurrieron: la mañana del día que usted

dice, día aciago, inscrito con letras de fuego en mi

memoria, me dispuse, como de costumbre, a sacar

al niño en su cochecito. Llevaba también conmigo

un maletín un poco usado, pero bastante capaz y

todavía en buen estado, en el que pensaba guardar

el manuscrito de una obra literaria del género novelesco,

que había escrito en mis escasas horas de

ocio. Pues bien; en un momento de distracción

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

113

mental, que nunca podré perdonarme, puse el manuscrito

en el coche y guardé al niño en el maletín.

GRESFORD. - (Que la ha escuchado con mucha atención.)

Pero ¿dónde dejó usted la maleta?

MISS PRISM.- ¡Ay, no me lo pregunte usted, míster

Gresford!

GRESFORD.- Miss Prism, se trata de una cuestión

de suma importancia para mí. Insisto en saber dónde

dejó usted la maleta que contenía al niño.

MISS PRISM.- La dejé en el guardarropa de una de

las estaciones en Londres.

GRESFORD.- ¿Qué estación? ¡Pronto!

MISS PRISM. - (Aniquilada.) En la estación Victoria,

línea de Brighton. (Cae desplomada en una silla.)

GRESFORD. - Ustedes me permitirán que me ausente

un momento. Tengo que subir a mi cuarto.

Espéreme usted aquí, Susana.

SUSANA.- Si no tarda usted mucho, le esperaré

aquí toda la vida.

(Sale GRESFORD muy agitado.)

ASCOT.- ¿Que piensa usted de todo esto, lady

Bracknell?

O S C A R W I L D E

114

LADY BRACKNELL.- No me atrevo a sospecharlo,

mi reverendo. Creo inútil decir a usted que

en las grandes familias no se admite la posibilidad

de coincidencias extrañas. (Se oyen ruidos encima, como

de baúles removidos violentamente. Todos miran hacia el

techo.)

CECILIA. - ¡Qué agitado parece el tío Juan!

ASCOT. - Su tutor tiene un temperamento muy

impresionable.

LADY BRACKNELL.- ¡Qué ruido tan desagradable

¡Si irá a encontrar algún argumento! ¡Detesto

todos los argumentos! Son siempre vulgares, y a

menudo convincentes.

ASCOT.- (Mirando hacia arriba.) Ya ha cesado.(

Renuévase, más fuerte, el ruido.)

LADY BRACKNELL.- Si es que ha de llegar a

alguna conclusión, cuanto antes mejor.

SUSANA.- ¡Esta incertidumbre es espantosa! ¡Espero

que se prolongará!

(Entra GRESFORD con un maletín de cuero negro en la

mano.)

GRESFORD.- (Precipitándose hacia MISS PRISM.)

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

115

¿Es éste el maletín, miss Prism? Examínelo usted

cuidadosamente antes de hablar. La felicidad de más

de una vida depende de su respuesta.

MISS PRISM. - (Sosegadamente.) Sí, parece el mío. Sí,

aquí está el arañazo que sufrió en uno de mis viajes.

Y aquí la quemadura que le produjo la explosión de

un termo. Y aquí, en la cerradura, mis iniciales. Sí,

no cabe duda que es mi maletín. Y me alegro mucho

de recuperarlo de un modo tan inesperado. Lo

he echado de menos todos estos años.

GRESFORD. - (En tono patético.) ¡Miss Prism, algo

más que el maletín recupera usted! ¡Yo soy el niño

que guardó usted dentro!

MISS PRISM. - (Estupefacta.) ¿Usted?

GRESFORD. - (Abrazándola) ¡Sí..., madre!

MISS PRISM. - (Retrocediendo indignada y sorprendida.)

¡Míster Gresford, soy soltera!

GRESFORD.- ¿Soltera?... Sí; es un golpe un poco

rudo, lo confieso. Pero, después de todo, ¿quién

tiene derecho a tirar la piedra al que ha sufrido? ¿No

puede acaso el arrepentimiento rescatar un momento

de locura? ¿Por qué va a haber una ley para los

hombres y otra para las mujeres? ¡Madre, yo la perdono

a usted! (Trata de abrazarla de nuevo.)

O S C A R W I L D E

116

MISS PRISM.- (Todavía más indignada.) ¡Míster

Gresford, padece usted un error! (Señalando a LADY

BRACKNELL.) Esta señora podrá decirle quién es

usted realmente.

GRESFORD. - (Después de una pequeña pausa.) Lady

Bracknell, no quisiera parecer curioso; pero ¿querría

usted tener la amabilidad de decirme quién soy?

LADY BRACKNELL. - No creo que la noticia

que voy a darle sea completamente de su agrado.

Usted es el hijo de mi pobre hermana Carolina, casada

con míster Moncrieff y, por tanto, el hermano

mayor de Archibaldo.

GRESFORD.- ¿El hermano mayor de Archibaldo?

Entonces resulta que, después de todo, es verdad

que tengo un hermano. ¡Ya sabía yo que tenía un

hermano! ¡Siempre lo dije! ¿Cómo pudiste tú nunca

dudar, Cecilia, de que tuviera un hermano? (Cogiendo

de la mano a ARCHIBALDO.) Reverendo Ascot,

miss Prism, Susana, aquí tienen ustedes a mi desdichado

hermano. (A ARCHIBALDO.) ¡Y tú, bandido,

a ver si me respetas más en lo sucesivo! ¡Nunca

te has portado conmigo como un hermano!

ARCHIBALDO.- Es verdad, lo confieso. ¡Qué

quieres! Yo lo hacía lo mejor que podía; pero me

faltaba práctica. (Le da un abrazo.)

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

117

SUSANA.- (A GRESFORD.) ¡Amor mío! Pero

¿cómo se llama usted? ¿Cuál es su nombre de pila,

ahora que no es usted quien era?

GRESFORD. - ¡Es verdad!... Lo había olvidado. La

decisión de usted respecto a mi nombre, ¿continúa

siendo irrevocable?

SUSANA.- Yo no cambio nunca, como no sea mis

afectos.

CECILIA.- ¡Qué naturaleza tan noble la de usted

Susana!

GRESFORD. - Entonces, hay que poner en claro

la cuestión inmediatamente. Un instante, tía Augusta

¿Recuerda usted el nombre que me pusieron?

Diga usted la verdad, sin compasión; estoy dispuesto

a todo.

LADY BRACKNELL. - Siendo, corno era usted,

primer hijo, es de suponer que le pusieran el nombre

del padre.

GRESFORD.- (Impaciente.) Sí; pero ¿cuál era el

nombre de mi padre?

LADY BRACKNELL. - (Reflexionando.) En este

momento, por más que hago, no puedo acordarme

cómo se llamaba el general. Pero no cabe duda que

se llamaba de algún modo. Aunque era basta excéntrico.

Sí; pero esto fue sólo en los últimos años a

O S C A R W I L D E

118

consecuencia, según parece, del clima de la India,

del matrimonio, del estómago y de otras causas por

el estilo.

GRESFORD.- Archi, ¿recordarías tú cómo se llamaba

nuestro padre?

ARCHIBALDO. - Hijo, no nos dirigimos nunca la

palabra. Se murió antes de cumplir yo un año.

GRESFORD.- (Después de reflexionar un momento.)

¡Ah, se me ocurre una idea! Consultar un anuario

militar de la época. ¿No le parece a usted, Augusta?

LADY BRACKNELL.- El general era un hombre

esencialmente de paz, excepto en su vida doméstica

pero sí, seguramente se encontrará su nombre algún

en anuario militar.

GRESFORD.- Ahí están los de los últimos cuarenta

años. ¡Ah, esos interesantes registros deberían

haber sido mi lectura continua! (Se precipita hacia la

estantería y saca de ella febrilmente unos cuantos volúmenes.

Hojeando uno de ellos.) M... General... Mallam, Maxbohin,

Magley... ¡Qué nombrecitos! ... Markby,

Migsby, Mobbs, ¡Moncrieff! Teniente en 1840, capitán,

teniente coronel, coronel, general en 1869;

nombre de pila: ¡Ernesto Juan! (Vuelve a poner el libro

en su sitio y habla muy reposadamente.) ¿No le dije yo a

L A IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

119

usted que me llamaba Ernesto, Susana? ¡Pues Ernesto

me llamo! Ya lo ven ustedes.

LADY BRACKNELL.- Sí, ahora recuerdo que el

general se llamaba Ernesto. Ya sabía yo que por algo

me gustaba ese nombre.

SUSANA. - ¡Ernesto! ¡Mi Ernesto! ¡Desde el primer

momento comprendí que no podía llamarse de

otro modo!

GRESFORD.- ¡Ay, Susana, es terrible para un

hombre ver de pronto que se ha pasado toda la vida

no diciendo más que la pura verdad! ¿Me perdonas?

SUSANA.- Te perdono, porque sé que te corregirás.

GRESFORD. - ¡Amor mío!

ASCOT.- (A MISS PRISM.) ¡Leticia! (La abraza.)

MISS PRISM. - (Con entusiasmo.), ¡Federico! ¡Al fin!

ARCHIBALDO.- ¡Cecilia! (La abraza.) ¡Al fin!

GRESFORD. - ¡Susana! (La abraza) ¡Al fin!

LADY BRACKNELL. - Sobrino, me parece que

empiezas a dar muestra de poca formalidad.

GRESFORD.- Al contrario, tía Augusta; por primera

vez en mi vida he comprendido la importancia

de ser formal... y de llamarse Ernesto.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Antes del desayuno – Obra de Eugenio O’Neill